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En la base aérea de Ixtepec, Oaxaca, que también sirve como aeropuerto comercial, se juntan todos los víveres para repartir en las localidades del Istmo de Tehuantepec, como Juchitán, Ixtaltepec, Unión Hidalgo y tantas otras que han sido vapuleadas por los terremotos.

Un video, grabado ahí por un elemento de la Policía Federal, se ha vuelto viral y ha llegado a todos los medios de comunicación: se enfrentan PF y Ejército mexicano acusándose mutuamente de robar despensas y acaparar la ayuda humanitaria. 

Por lo que se deduce del video, y la información que ambas dependencias han puesto a disposición de la opinión pública, nadie se quería robar los víveres. Fue un malentendido, fruto de la desconfianza y el celo entre instituciones, y quizá las largas jornadas sin descanso en medio de tanta tragedia.
No se puede decir que los soldados, marinos y policías federales no han sido reconocidos por su trabajo en plena desgracia. Si bien enfrentan la extendida desconfianza al gobierno del que son parte (especialmente cuando se trata de manejar recursos), la sociedad ha aplaudido notablemente la entrega, el valor, el trabajo de sus uniformados. 
Sin embargo, quizá a propósito de su papel heroico en salvar vidas, vale la pena que la sociedad dé un paso más allá en el reconocimiento a sus buenos soldados, marinos y policías federales. Tal vez es momento de hablar de sus salarios y condiciones laborales. Tal vez es momento de hablar de las armas a las que deberían tener derecho de uso frente a criminales cada vez más letales y con más dinero (y sí, a cambio exigir que los abusos se procesen sin afán de ocultamiento). 
Pero cuando menos, es momento de hablar de cómo los están matando y cómo debe la sociedad preocuparse por salvaguardar la vida de quienes tienen la misión de cuidar la seguridad nacional. 
El último año, lo sabemos todos, ha roto todos los récords de sangre. Uno de esos récords tiene que ver con el asesinato de los encargados de aplicar la ley. En el último año, han ejecutado al doble de uniformados que el promedio de los diez años previos. En la cifra entran soldados, marinos, y notablemente policías locales y federales.
Muchas veces, el instinto de las investigaciones oficiales y el imaginario público se apresuran a encontrar una fácil explicación por los crímenes: “si los mataron es porque estaban metidos en el narco”. Y ya. De un plumazo. Sin mayor indagatoria, sin mayor prueba. Pero no sabemos cuántos de esos casos merecen tal descalificación: ¿son los menos, son la mayoría? Nadie se ocupa de ellos.
Frente al papel que han desempeñado en esta sucesión de desgracias, un papel que tanto orgullo genera entre la población, lo menos que podría hacer la sociedad es presionar a la clase política para que, mínimamente, proteja sus vidas y remunere con justicia su entrega. 

Por Carlos Loret de Mola A.

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