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A muchos sorprendió hace un par de meses la renuncia al gabinete de uno de los hombres más influyentes y poderosos en el gobierno de Enrique Peña Nieto, uno de los integrantes de su círculo más íntimo, más cercano: Humberto Castillejos, ex consejero jurídico de la Presidencia. 
El comunicado de prensa que anunció su salida fue combustible para el ego del personaje. En un par de párrafos prácticamente le atribuyó todos los logros de la administración: “Humberto Castillejos ha sido fundamental en el diseño, construcción, negociación y aprobación de las reformas estructurales de educación, financiera, fiscal, energía, competencia económica, telecomunicaciones, política, laboral, transparencia, anticorrupción, amparo, justicia penal y justicia cotidiana”.
La salida del consejero jurídico no fue ninguna sorpresa dentro de Los Pinos. Estuvo detalladamente planeada y orquestada. 
Castillejos se fue… pero no se fue. Está en la cumbre de su poder. Y lo ejerce, ahora, sin escrutinio público, sin esos latosos contrapesos del servicio público. 
Su enorme poder descansa en dos pilares. El primero, él se encargó de redactar la “letra chiquita” de muchas de las reformas estructurales. Pocos las conocen como él. Pocos como él las pueden impulsar, o revertir, porque saben sus fortalezas y vulnerabilidades.
Y segundo, porque poco a poco, al inicio con sigilo pero luego sin pudor público, en sus años bajo la sombra de Los Pinos, Humberto Castillejos Cervantes nombró jueces, magistrados, ministros, comisionados… una vasta red de personas que están en deuda con él por haberlos impulsado hasta los cargos que ejercen, condición que le permite casi, casi tener control de las votaciones en la Suprema Corte de Justicia de la Nación, el Instituto Federal de Telecomunicaciones, y en buena medida, la Comisión Federal de Competencia Económica. Lo que causó más revuelo en la opinión pública es que el procurador General de la República sea su primo. Encima, dejó en la Consejería Jurídica de la Presidencia a un incondicional: Misha Leonel Granados Fernández. 
Con esta desmedida influencia, en lo oscurito, Castillejos opera para el gobierno y para sus propios intereses. Y le conviene que esa frontera esté desdibujada. Inclina cuanta balanza se necesite. Y cobra por ello. Política y económicamente. 
En alguna época se puso de moda hablar de la influencia en el Poder Judicial del panista y ex candidato presidencial Diego Fernández de Cevallos, el famoso “jefe Diego” que “cambiaba de cachucha” cotidianamente entre la de legislador y la de abogado privado. En otro momento se platicaba de cómo el ex secretario de Gobernación Santiago Creel había logrado ser el gran factor hasta en el tribunal federal electoral.
Se vive ahora la era de don Castillejos.
Vaya escándalo.

SACIAMORBOS
La reciente votación en la Suprema Corte que revirtió el corazón de la reforma en telecomunicaciones se atribuye al cabildeo de Castillejos. Como esa votación favoreció a Grupo Carso, rival de Televisa, una de las empresas donde trabajo, transparento explícitamente el conflicto de interés.

Por Carlos Loret de Mola A.

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