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Antier y ayer en estas Historias de Reportero, expuse las dos verdades opuestas del caso Ayotzinapa. Las pro-gobierno y anti-gobierno, las de quienes tienen como prioridad salvar al régimen o derrocarlo, y en segundo plano (si acaso) les preocupa el destino de los 43, el dolor de sus familias, la impunidad generalizada.
A partir de ese par de publicaciones, en redes sociales me pidieron que expresara mi punto de vista. Advierto que lo que pienso puede modificarse porque seguramente seguirán surgiendo elementos e interpretaciones. 
1.- El hecho es una barbarie atroz que indigna a la sociedad, engulle cualquier discurso optimista y desnuda a un sistema podrido. 
2.- El presidente Enrique Peña reaccionó tarde y mal. Minimizó la tragedia y cuando decidió abordarla, lo hizo erráticamente. La investigación de la PGR sobre el caso tiene aciertos que reconoce hasta el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI), pero también tiene los vicios y prácticas de un sistema de procuración e impartición de justicia permeado por la corrupción, el desaseo, el abuso de autoridad y la ineficacia.
3.- Reflejo del errático comportamiento del gobierno es su relación con el GIEI. Si no confiaba en ellos, para qué los invitó. Si quería que fueran verdaderos co-investigadores, por qué no logró establecer una comunicación de confianza y satisfizo absolutamente todas sus solicitudes. Si no había nada que ocultar, por qué no parece. Y si en el camino dedujeron que estos expertos en realidad tenían como objetivo hacer política y tumbar al régimen –no pocos pro-gobierno lo piensan así– pues que lo denuncien con pruebas, ante la comunidad internacional, y debatan abiertamente sus posiciones. Pero no fue sano esto de: te recibo pero te desdeño, digo que sí pero hago que no, good cop-bad cop. Como si un gobierno fueran Roberto Campa y Eber Betanzos, y otro gobierno fueran Tomás Zerón y Jesús Murillo.
4.- Pienso que no tiene nada de malo, en una sociedad que aspira a la apertura y transparencia, que varios periodistas hayan cuestionado las trayectorias de los expertos enviados por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Considero que no tiene nada de escandaloso que el gobierno les haya pagado dos millones de dólares, pues así lo marcan los convenios internacionales. Y es explicable la insatisfacción porque el Grupo que llegó a aclarar, después de más de un año de trabajo, no dejó conclusiones y sí más dudas, y porque no trazó con nitidez la frontera entre el activista que defiende una postura y el científico que pone a prueba una hipótesis.
5.- Es cierto que el gobierno se abrió a un escrutinio internacional sin precedente. También es cierto que lo hizo poco convencido y ya que se abrió, anduvo tratando de cerrarse. Es cierto que el GIEI tiene más coincidencias que diferencias con la “verdad histórica” de la PGR sobre qué pasó esa noche (el secuestro de chavos en autobuses, los policías municipales entregándolos a los narcos), pero las diferencias son eslabones claves en el destino de los desaparecidos. Es cierto que la mayoría de las “nuevas” teorías expuestas por el GIEI estaban ya en el expediente, pero también es cierto que estaban perdidas ahí y nadie profundizaba en ellas. 
6.- Quizá de todas mis conclusiones preliminares esta es la más preliminar: pienso que un nutrido grupo de seres humanos –muy posiblemente estudiantes pero ni siquiera la totalidad de ellos– fueron quemados en el basurero de Cocula, como lo dice el “peritaje de desempate” realizado por seis especialistas internacionales. Me parece lamentable que el gobierno haya salido a divulgarlo como festejando un gol (porque dio oxígeno a su “verdad histórica”) y que el GIEI lo haya descalificado sólo por el modo en que se dio a conocer (porque no coincidió con sus deducciones).
7.- No veo elementos hasta ahora para determinar que el Ejército o la Policía Federal, como instituciones, los desaparecieron. Pero los mandos militares y de la PF que estaban en el lugar ese día a esa hora debieron haber hecho mucho más y pudieron quizá haber evitado la tragedia. Veo elementos de complicidad entre los perredistas Abarca y Ángel Aguirre (mitad priista, mitad perredista), y ya ni se habla de ellos
Y un mar de incertidumbre.

Historias de Reportero
Carlos Loret de Mola A.

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