Hasta la cocina: No todos están en prisión

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¿Y yo por qué? Se ha de preguntar el Bronco gobernador de Nuevo León, al verse señalado por el horrendo acontecimiento de Topo Chico y la contabilidad que arrojó: 49 muertos, 3 “desaparecidos” –para que veamos todos que también en los penales se “desaparece” la gente— y 17 heridos, algunos de gravedad. Y es que se le culpa casi que casi, del espantoso hecho con que amaneció Nuevo León el pasado jueves y las horas que tardaron el gobernador Jaime Rodríguez Calderón y su gente en darse por enterados de lo ocurrido en el penal. Pero ya, ya basta, dijo el gobernador cuando se hizo el recuento y su gente se metió a “controlar”  Topo Chico: “El gobierno estatal tiene el control del penal”, se aseguró al dar el reporte que se hizo y que dio cuenta de que en Topo Chico había de todo un poco: mariguana, cocaína, cuchillos, puntas artesanales, palas, aparatos electrónicos, celulares…
O sea, nada que no pueda hallarse en cualquiera de los penales de este país, sitios con un espacio determinado, con una población identificada, en los que hay normas estrictas de operación y seguridad. O bueno, eso es lo que se supone. Pero que todo mundo sabe que no es así, porque en la práctica un penal mexicano es un espacio donde el hacinamiento es lo normal. Donde los y las presas saben que todo, absolutamente todo tiene un costo y que no hay nada que el dinero no logre. Donde la corrupción es la norma. Igual que en el sistema de justicia de este país que quizá presenta en los propios penales su nivel de excelsitud.
Así que lo ocurrido en Topo Chico es uno más de los sucesos que sobrevienen en este país donde todo mundo sabe qué pasa en los penales y por lo visto nadie se ocupa de remediar. Igual que lo que pasa con el sistema de justicia y nadie se ocupa de remediar. Por tanto, la tardanza del gobernador neoleonés en reaccionar, puede verse como “normal”, como lo que es: un hecho que ocurre con cierta frecuencia, en uno y en otro penal y si no, basta con ver cuántas prisiones han tenido sucesos de esta naturaleza, con menor o mayor número de muertos y heridos.
Pero al margen de los amotinamientos, de las riñas que suelen ocurrir, de los muertos y heridos que se dan en las prisiones, veamos también los asuntos que podrían considerarse “colaterales” y como ejemplo está el caso de los celulares que los presos pueden tener estando en la cárcel. Esos medios de comunicación están “prohibidos”. Sin embargo a cada revisión en un penal, se reporta el hallazgo de teléfonos celulares. Mismos que son los que utilizan los presos para extorsionar al que se les ponga al tiro cuando reciben llamadas de las que la publicidad oficial advierte que uno “no debe” responder si el número no le resulta conocido. ¿No sería más fácil, simple y sencillamente obedecer la regla que no permite a los presos el manejo de celulares? ¿De veras será tan difícil evitar que los presos tengan celular cuando la regla es que deben prescindir de este objeto?
Se me olvidaba: las leyes se hacen para desobedecerlas. Las desobedece cualquiera que vea en ello una recompensa en dinero, es decir todos quienes creen que la corrupción es “normal”. Entonces ocurre que la gente que tiene a su cargo un penal, imponga cuotas para que los presos puedan seguir delinquiendo desde el interior de esas paredes supuestamente vigiladas en extremo. Y todo puede hacerse mediante el pago de una cuota que va a dar a los bolsillos de los guardianes, de los directores, de los de más arriba y así hasta llegar a la cima de esa pirámide que vive no sólo del sueldo que paga el erario, o sea usted y yo también, sino de permitir que se infrinjan las reglas.
Esa necesidad de desobedecer la ley no se restringe a los penales, sino que puede observarse en muchas facetas de la vida y de la gente que nunca ha pisado una cárcel, porque hay que notar también que normalmente quienes tienen dinero no van a parar a uno de esos lugares precisamente porque su posición económica logra que eviten llegar a esos extremos y si llegan, tardan muy poco en volver a la libertad. Y no hablo de gente que ha delinquido en la forma brutal que lo hacen los narcotraficantes o criminales como podrían ser los secuestradores que por otra parte, también sabemos que logran evadir en muchas ocasiones la cárcel porque tienen para pagar a los abogados y a los jueces y a cuanto se interpone en su camino y así evitar la prisión, o si acaso, permanecen poco tiempo en ella. No, me refiero a gente que pese a lo que pueda cometer difícilmente llega a estar donde debiera, o sea ante la justicia.
A propósito, ¿Cuánta gente no conoce usted que se dedica, por ejemplo, a la venta de facturas apócrifas para que a su vez el que las compra pueda con ellas evadir impuestos? Yo conozco a más de tres que viven y viven muy bien, comerciando facturas a personas morales –que de moral no tienen nada— para “diluir” sus ganancias y así evitar las tasas impositivas que debieran pagarle al SAT. Claro que gente como esa no surge espontáneamente, sino de saber que hay quien va a utilizar sus servicios. Porque obviamente, hay muchas empresas cuyos administradores se dedican a defraudar el fisco. Y podría decirse que invariablemente se trata de personas que tienen pingues ingresos, viven ufanándose y dando muestras de esos ingresos económicos que disfrutan y hasta se ufanan de no pagar impuestos… Esos entre otros personajes, por supuesto, que cometen ilícitos, que burlan las leyes y que ahí andan vivitos y coleando, gozando del “respeto” de los demás.