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Quisiera decir que la belleza de la estatua del General Pacheco que luce frente al Palacio de Cortés me inspiró para hacer esta entrevista. En ella aparece un mexicano notable que fue gobernador de Morelos, lisiado por participar en batallas contra el ejército francés. Tampoco me movió ubicarme en uno de los grupos que discuten su permanencia en el lugar: unos a favor, otros en contra y otros más que piden que la escultura se cambie a la zona devastada de la Estación del Ferrocarril, totalmente destruida ya. Me movieron para esta entrevista, los logros de Pacheco a favor de México.
La promotora cultural Patricia González Araiza, amiga de los descendientes de Pacheco, nos reunió en su casa para esta entrevista. Al llegar, lo primero que veo sobre la mesa del comedor es el libro “Los Hombres Prominentes de México”, edición de 1888. En el índice aparece el nombre del General Carlos Pacheco. A un lado, las memorias de don Porfirio Díaz, que lo menciona muy elogiosamente.

LAS MEMORIAS
DE PORFIRIO DÍAZ
“….En estas condiciones estaba la trinchera de la calle de la Siempreviva que tocó asaltar al Comandante Carlos Pacheco quien peleó con gran brío. Al comenzar el asalto los franceses lanzaban de las azoteas no sólo granadas de mano y tiros de fusil, sino grandes granadas, puesto que solamente tenían que encenderlas y dejarlas caer. Un casco de esas granadas hirió a Pacheco en una pantorrilla y aunque herido, muchos hombres de su columna, avanzaron hasta la trinchera. Arrojados allí los sacos de paja que traían los soldados con el objeto de pasar los fosos, pudo pasar Pacheco y allí también fue herido en una mano. Siguió sin embargo hasta la esquina de la plaza y allí de un tiro de metralla disparado del atrio de Catedral puso fuera de combate a algunos soldados aunque a él le rompieron el muslo izquierdo. En esos momentos uno de sus soldados lo tomó en brazos para pasarlo a un lugar menos enfilado por los fuegos del enemigo y otro golpe de metralla le rompió el brazo derecho y los dos brazos al soldado que lo conducía (...) Solamente diré que considero esta acción del 2 de abril, campal como una de las más importantes de las que sostuve durante la guerra de Intervención (…)”, cuenta el General Díaz en sus memorias.
Apuntado lo anterior, comienzo esta plática con María Antonieta Colmenares Gracia Medrano. Su madre es tataranieta directa por vía materna del General Pacheco, a quien siguen llamando en la familia, en señal de cariño y admiración, “papá Carlos”. Ella me da a conocer datos históricos verídicos y comprobables. 
“Cuando fue gobernador de Morelos, el General Pacheco inauguró la Estación del Ferrocarril, que por desgracia las autoridades a lo largo del tiempo han abandonado. Qué pena que ahora luce casi destruida”.

CAMPAÑAS Y ACCIONES
DE GUERRA
“En la batalla de 1867, en la que Porfirio Díaz fue conocido como ‘El Héroe de la Batalla del 2 de Abril’, una de las tres contiendas contra los franceses, comandantes como Pacheco Villalobos, quien nació en Chihuahua el 16 de octubre de 1839, le ‘entraron con todo’ para obtener el triunfo. Mandaba el Cuerpo de Cazadores de Oaxaca compuesto por cien hombres y cuando así se lo ordenaron, emprendió el asalto tomando la trinchera de la calle de la Siempreviva, una de las más peligrosas, considerada como inexpugnable en la Ciudad de Puebla. Fue tan cruento el combate que literalmente ‘le volaron’ el brazo derecho y cuando era conducido, en medio de la contienda, recibió otra descarga en la pierna izquierda quedando mutilado.
“Esto no sólo no lo apabulló, sino que Pacheco siguió en funciones 24 años más hasta su muerte, ocurrida en 1891, tiempo en el cual Pacheco Villalobos siguió sirviendo a México. Ese mismo año de 1876 recibió la condecoración de la Cruz de 1ª. Clase; al año siguiente, la Condecoración Honorífica creada por la Legislatura de Oaxaca.

EFICAZ POLÍTICO
“Más tarde fue diputado y gobernador de Morelos. Primero, nombrado provisionalmente Gobernador y Comandante Militar del Estado de Morelos, el general de División Carlos Pacheco Villalobos, aunque en su acta de nacimiento aparece con los nombres de José Carlos Fortunato Altagracio Pacheco Villalobos, -me muestran su acta de nacimiento-, fue tan eficaz en su cargo que fue designado candidato para el mismo puesto, retirándose de él mientras se hacía la elección. 
“En ese intervalo desempeñó provisionalmente también el gobierno de Puebla. Encargado ya definitivamente del gobierno de Morelos, realizó importantes trabajos en el aumento de las redes de telegrafía y en ferrovías. Su política conciliadora le llevó a ocupar los más importantes cargos de la época; en 1879 fue llamado a ocupar la Secretaría de Guerra.
“Lisiado desde 1867, 19 años después, en 1886, siendo Porfirio Díaz presidente, le ordenó que realizara el tendido de la red ferroviaria que atraviesa todo el Istmo de Tehuantepec, desde Puerto México, en Coatzacoalcos, hasta el Puerto de Salina Cruz, o sea, del Golfo de México al Océano Pacífico. Luego de varias obras en todo México, inicia a nivel personal una pequeña hacienda en el ahora ex Cantón de Zongolica, cerca de la Sierra de Orizaba, Veracruz a la que llamó Motzorongo, mientras tanto, concluye sus trabajos ferroviarios”.
“En 1889, Pacheco organiza una partida de caza en su hacienda a la que asisten el Presidente Díaz, el Secretario de Estado, Joaquín Baranda, y los gobernadores del Estado de México, Hidalgo, Guanajuato, San Luis Potosí y Tlaxcala, además de otros personajes. En 1891, fue masón grado 33 por el Rito Escocés y, aquejado por problemas de salud pero sobre todo combatido por los miembros del grupo político ‘Los Científicos’, renuncia a la Secretaría de Fomento; el 15 de septiembre de ese mismo año deja de existir en Córdoba, Veracruz. 
“Sus restos se encuentran en la Rotonda de los Hombres Ilustres del Panteón Dolores de la Ciudad de México. Aquí, en Cuernavaca, además de su estatua en la rotonda frente al Palacio de Cortés, hay una calle con su nombre en la Colonia Antonio Barona y en el Centro Histórico de la Ciudad de México, en la esquina de las calles Ernesto Pugibet y Revillagigedo se encuentra la Plaza “Carlos Pacheco”, nombrada así en su honor”, finaliza.

 

Los ‘Volcanes de
Cuernavaca’ al Vaticano

YA GUTIÉRREZ QUINTANILLA*
[email protected]
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CUERNAVACA, MORELOS

No cabe duda, los sacerdotes que inspiraron mi libro “Los Volcanes de Cuernavaca”, se adelantaron a su tiempo. 
Vetados en aquel entonces por un clero ultra conservador, don Sergio Méndez Arceo, quien predicó una pastoral social y humanista que durante la segunda mitad del siglo XX fue de avanzada, y don Samuel Ruiz, el entonces obispo de San Cristóbal de Las Casas, defensor de los derechos humanos de los pueblos indígenas, ambos de América Latina, nunca fueron vistos con buenos ojos por el alto clero y católicos conservadores. 
Hoy, don Sergio, el llamado “Obispo Rojo”, conocido así por mucha gente debido a las manchas de tinta de ese color que vertió sobre su alba sotana un fanático estudiante del MURO, (organización de ultra derecha pantalla del Yunque), y don Samuel, estarían felices con un Papa como Francisco, con nuevo lenguaje y nuevos planteamientos humanistas, siempre a favor de los más desfavorecidos como en su tiempo lo estuvieron ellos, en aquel entonces parte de una Iglesia que no supo ni quiso entender el mensaje evangélico y apostólico que a través de la Teología de la Liberación iba dirigido hacia las masas, no hacia las minorías privilegiadas. 
Así es que animada por gente cercana a la Nunciatura, me presenté a obsequiarle al Papa mi libro debidamente dedicado. Ya sabrán lo difícil que fue siquiera acercarme, caminé 20 cuadras, idas, venidas, a través de los cinturones de seguridad del Estado Mayor. 
El militar que me lo recibió, documento de por medio (que guardo como recuerdo de la hazaña), me informó que el obsequio volaría a Italia con el Papa. Lo que es la vida, hoy, don Samuel y don Sergio, en lugar de veto, estarían muy cercanos al nuevo pontífice. 
En otro tema, me despido de ustedes, queridos lectores, durante unos meses, debo culminar un proyecto literario que me impedirá escribir aquí con regularidad. Y lo hago con un poema del astrofísico y poeta persa Omar Khayyam, siglo XI d.C.: “Ni tú ni yo, conocemos los misterios de la eternidad / Ni tú ni yo, podemos descifrar este enigma/ Tú y yo, hablamos de este lado del telón/ Cuando el telón caiga, ni tú ni yo estaremos aquí”. 
Este fragmento me lo envió gentilmente don Juan Brito y Martínez, al invitarme a la presentación de su siguiente libro titulado: “Quien dice la Ciencia que soy”, el cual se presentará el próximo sábado 5 de marzo a las doce del día en el Hotel Las Quintas, y que se trata de un largo recorrido a lo largo de la historia de la mano del autor y de la ciencia.

*Presidenta del Seminario de Cultura Mexicana, Corresponsalía Cuernavaca