Como siempre el joven padre de familia se encontraba en su centro de trabajo, una imprenta donde labora de ocho de la mañana a siete de la noche, de lunes a viernes y los sábados de ocho a dos de la tarde, siempre y cuando no  se presente algún trabajo de última hora que obligue a quedarse una hora o más, sin que por ello reciba remuneración alguna pues la “política de la empresa” es no pagar horas extras porque el trabajador debe “mostrar disponibilidad”, debe “ponerse la camiseta” que cada día  tiene más agujeros y le queda más grande porque con los 130 pesos diarios que gana no alcanza ni para comprar ropa, ni para comer más y evitar así seguir enflacando. Tiene una hora para comer y  a veces no tiene ni para comprarse un sope o un taco por lo que prefiere “echarse un sueñito” para olvidar el hambre y, ¿por qué no? relajarse un poco porque los jefes presionan al personal como si pagaran lo suficiente para que los empleados tengan para comer bien y tener las fuerzas necesarias para producir y cubrir las exigencias patronales. Aunque su contrato sea como diseñador, impresor, etc., tiene que “entrarle” a todo, como hacer el aseo de su aérea de trabajo, la recepción e incluso los baños porque debe “mostrar disponibilidad” si no quiere perder un trabajo tan mal pagado que no le permite pagar una renta, por lo que, junto con su esposa e hijo, tiene que vivir con sus padres, quienes, ya mayores, padecen carencias iguales o peores, ya que la pensión del papá apenas si alcanza para que él y la mamá coman la precaria dieta de los mexicanos que tienen la calidad de ciudadanos. Para él, al igual que para millones de mexicanos, hay días malos y días peores, como ese en que recibió una llamada de su esposa, quien sumamente angustiada le dijo que ella y su pequeño no tenían nada que comer. Lo primero que se le ocurrió fue: “Dile a mi papá que te preste”. La obvia respuesta fue: “No tienen tampoco”. Así que no le quedó más que pedirle que aguantara a que él llegara y consiguiera prestado para salir del amargo trance. La única opción es que la esposa “salga al quite”, consiga un trabajo y deje al pequeñito todo el día en una guardería para que,  al igual que millones de niños, crezca prácticamente sin papá y sin mamá. Esta es la vida de los trabajadores, de los ciudadanos. Establece el Artículo 5º  de la Constitución que: “A ninguna persona podrá impedirse que se dedique a la profesión, industria, comercio o trabajo que le acomode, siendo lícitos. El ejercicio de esta libertad sólo podrá vedarse por determinación judicial, cuando se ataquen los derechos de tercero, o por resolución gubernamental, dictada en términos que marque la ley, cuando se ofendan los derechos de la sociedad. Nadie puede ser privado del producto de su trabajo, sino por resolución judicial”. El gobierno decidió que los trabajadores quedaran en manos de los patrones, trabajando diez horas de lunes a viernes y seis los sábados por 130 pesos diarios, como es el caso del joven padre de familia que labora en una empresa próspera que a él no le permite prosperar. El dinero que recibe no es el producto de su trabajo, él trabaja 56 horas a la semana, más las cinco horas de comida que también forman parte de dicho horario porque no puede decir “no voy a disponer de esa hora para salir antes”. Las autoridades del Trabajo permiten la explotación de las personas que no pueden dedicarse a la profesión o trabajo “que le acomode” porque no tuvieron recursos económicos para estudiar o porque, si con esfuerzo, concluyeron una carrera profesional igualmente, que tienen que aceptar un trabajo mal pagado. De acuerdo con el Artículo 123 toda persona tiene derecho a un trabajo digno, que la jornada máxima será de ocho horas diarias y que: “Los salarios mínimos generales deberán ser suficientes para satisfacer necesidades normales de un jefe de familia, en el orden material, social, cultural, y para proveer a la educación obligatoria de los hijos. Los salarios mínimos profesionales se fijaran considerando, además, las condiciones de las distintas actividades económicas.  “Los niños y las niñas tienen derecho a la satisfacción de sus necesidades de alimentación, salud, educación y sano esparcimiento para su desarrollo integral”, dice el Artículo 4º. Agrega que: “Los ascendientes, tutores y custodios tienen el deber de preservar estos derechos. El Estado proveerá lo necesario para propiciar es respeto a la dignidad de la niñez y el ejercicio pleno de sus derechos. El Estado otorgará las facilidades a los particulares para que se coadyuven al cumplimiento de los derechos de la niñez”. El Estado no ha cumplido. Los partidos políticos y sus candidatos no cumplen. Tienen la idea de que los ciudadanos sólo sirven para llevarlos al poder mediante el sufragio; que hay que endulzarles en oído en tiempos de campaña y después hacer oídos sordos a las peticiones, a los reclamos sociales. El Artículo 34 constitucional señala que los ciudadanos de la República deben tener la calidad de mexicanos y reunir dos requisitos: I. Haber cumplido 18 años, y II. Tener un modo honesto de vivir. Entonces  ¿el Estado no atiende debidamente los derechos de los niños  porque aún no son ciudadanos y se le queda la costumbre de no atenderlos cuando llegan a la edad adulta y cuando son ancianos? Se habla de desarrollo social, pero éste sólo es una repartición de migajas que no sirven para que todos los mexicanos progresen. El año próximo será más de lo mismo, la prueba: El salario mínimo se incrementó en siete pesos, para quienes los políticos llaman ciudadanos porque reúnen el requisito de tener un modo honesto de vivir… trabajando, trabajando, aunque mal paguen.

Por: Helena Cárdenas / [email protected]

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