A fondo: Sobrepoblación penitenciaria

compartir en:

Durante la visita que realizara el año pasado James Cavallaro, relator de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), a las cárceles mexicanas, encontró que hay una ausencia total de oportunidades que permitan la reinserción social. Maltrato e incomunicación  fueron las quejas de los reclusos, sin embargo, los grupos de poder, que por lógica viven al amparo de autoridades penitenciarias siguen operando desde los penales mediante el uso de celulares. Se ha planteado que el uso de este medio de comunicación debe ser erradicado de las cárceles, pero la corrupción permite que para unos el encierro no represente un impedimento para continuar delinquiendo. De acuerdo con informes oficiales, por poner un ejemplo, el recientemente reaprehendido, El Chapo Guzmán, mediante sus abogados, ha presentado quejas por estar incomunicado y, por este motivo, se quiere amparar. Sabemos que los internos en los penales tienen derecho a hacer llamadas telefónicas, las que por ley debieran ser supervisadas porque no es posible que la sociedad tenga que seguir sufriendo violencia, secuestros, extorsiones, porque a quienes violaron la ley se les permite seguir violándola y transgrediendo los derechos de gente honesta y trabajadora a quienes la Comisión de Derechos Humanos no defiende. Desde los penales se planean, se ejecutan venganzas; continúan las guerras entre cárteles, en todo el territorio mexicano. Continúa el derramamiento de sangre.  Además de la vida, propia y de sus seres queridos, el ser humano lo que más ama es la libertad, de ahí que, desde siempre, a quienes delinquen se les encierre. No hay una ley que establezca que la tecnología debe ser un derecho de los reclusos, sobre todo porque no quieren comunicarse al exterior con sus familiares sino seguir operando sus “negocios”. Muchos mexicanos se preguntan ¿por qué los presos quieren que sus derechos sean respetados cuando ellos no respetaron a otras personas? ¿Y los derechos de las víctimas? Las víctimas, si sobreviven, tienen derecho a recibir atención sicológica y nada más. Estas personas, deben incorporarse a la sociedad también; deben volver a sus actividades cotidianas, deben volver a salir a la calle aunque toda la vida sientan temor. ¿A quién le importa realmente lo que sienten las víctimas, lo que sufren sus familiares? El dolor, el temor no desaparecen ni con el encarcelamiento de su victimario, ni con las terapias sicológicas. El daño está hecho y quien lo hizo no puede ser dañado porque tiene derechos. La justicia está representada por una mujer, muy guapa y con un cuerpo bien torneado, sosteniendo una balanza que se ha vuelto como las balanzas de algunos comerciantes que pesan kilos de 850 gramos y, en este caso, son despachados a las víctimas de los delincuentes que se convierten en víctimas de los funcionarios… de la ley. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos encontró “condiciones deplorables en las celdas de castigo”, las que, por supuesto no aprueban porque dicen que los reos no deben ser castigados. Los sicólogos que, preocupados por los índices de violencia, se han dado a la tarea de dar pláticas en los planteles educativos, sobre todo en preescolar, insisten en que los niños tienen que ser corregidos a temprana edad pues después ya nada se puede hacer. No pueden crecer haciendo lo que les da la gana. Los padres tienen que poner límites, los maestros también. Los expertos en la conducta humana sugieren que los niños deben saber que todos los actos tienen consecuencias. No se le debe llamar castigos, son consecuencias. La palabra ayuda a que los pequeños no se sientan maltratados. Castigo suena fuerte, consecuencias no. Si un pequeño no respeta las reglas de conducta de su hogar o de la escuela debe saber que, en consecuencia, puede ser privado de ver la televisión, de un paseo, de un juguete, un dulce o de salir a jugar con sus amiguitos. El objetivo es tratar de recomponer a la sociedad dando una buena educación a las nuevas generaciones; enseñándoles a conocer los límites. Se pretende recomponer a la sociedad desde el núcleo familiar, en donde debe imperar el amor. Si educamos con amor guiamos correctamente a los hijos. Si no los queremos dejamos que hagan lo que quieran con tal de que no nos molesten, esto los lleva a buscar el afecto fuera de casa, convirtiéndolos en presas de quienes están al acecho, de quienes usarán sus resentimientos sociales para enrolarlos en todo tipo de excesos, para convertirlos en delincuentes. Las cárceles del país están sobrepobladas; los reos están hacinados. El Reclusorio Oriente de la Ciudad de México tiene capacidad para 5 mil 604 reclusos y tiene una población de más de 12 mil personas. En 28 de los 388 centros penitenciarios del país se registra una sobrepoblación del 40 por ciento en adelante, que las autoridades catalogan como “riesgo crítico”. La sobrepoblación  ha propiciado que en 76 penales exista el “autogobierno” y el 50 por ciento de los reos del país están en calidad de procesados o sea que no han recibido condena. La prisión de Topo Chico, Nuevo León, tiene capacidad para 3 mil 635 internos y, en 2014, tenían 4 mil 585. La sobrepoblación conlleva a la insuficiencia de custodios. Un enfrentamiento entre reos es fatal… 52 muertos en Topo Chico. 

Helena Cárdenas / [email protected]