“The United States Penitentiary Administrative Maximum” (ADX), comenzó  a  funcionar  en 1994. Está ubicada en el estado de Colorado, Estados Unidos, con capacidad para 490 presos  que se encuentran en el mismo número de celdas para que estén en aislamiento total los prisioneros que son considerados enemigos del gobierno, como son los terroristas y asesinos seriales los que, comúnmente, permanecen alrededor de 23 horas al día en aislamiento. Sentenciado por robo, fue trasladado a una prisión Supermax, como se denomina en Estados Unidos a las prisiones de máxima seguridad, por haber agredido a otro recluso en la cárcel convencional donde debía purgar su condena. El preso Rodney Jones relató al periódico The New York Times que le retiraron sus medicamentos para el trastorno bipolar que padece bajo el argumento de que en ese reclusorio  no les pueden proporcionar ninguna medicina que les haga sentir bien. “Otros presos, en su pabellón, gritaban y golpeaban las puertas durante horas”, dijo quien habló de su experiencia carcelaria al medio de comunicación y asegura que la falta de sus medicamentos le provocó cambios bruscos de humor que lo orillaron a provocarse cortaduras, como consecuencia los guardias lo ataron  con las argollas que tienen las camas de la sección de Control de Prisión. Estas vivencias forman parte de un reportaje que el diario neoyorquino publicara en el 2015, en el que también habla de esta prisión Supermax Federal, única en su género. En el documento titulado “Prisiones: análisis y consideraciones generales”, escrito por el que fuera director del Instituto Nacional Estadounidense de Correccionales, Morris L. Thigpen, este tipo de prisiones cumplen un doble cometido al tratar a los criminales sumamente peligrosos con el rigor que requieren porque, a  la vez sirve para que los presos de las cárceles convencionales acaten las medidas de comportamiento pues temen ser trasladados a estos centros de máxima seguridad. En Estados Unidos hay prisiones de máxima seguridad en 40 estados que tienen recluidos a 25 mil reos en total, los que fueron trasladados por ser considerados extremadamente peligrosos tanto para el gobierno como para los ciudadanos, estos son asesinos seriales, terroristas, narcotraficantes o presos que por su conducta representan un peligro para los otros reclusos. Estos delincuentes no tienen contacto con otros reos  ni con los guardias, ya que son monitoreados por  circuitos cerrados de televisión y castigados cuando, aun dentro de su aislamiento tienen conductas que violan los reglamentos. En las prisiones convencionales los presos tienen actividades recreativas, educativas y son sometidos a tratamientos en caso de que padezcan alguna adicción, aunque la mayoría de las veces no se logra, se busca su rehabilitación y reintegración a la sociedad. Como es sabido, la reintegración social es muy difícil porque por el hecho de haber estado en prisión no son confiables para muchas personas. Las cárceles de máxima seguridad del gobierno de la Casa Blanca prácticamente no tienen revisiones externas, de ahí que los directores y el personal pueden tratar a los reos como se les de la gana: incomunicados, sin actividades recreativas o educativas, sin atención médica para los adictos. Las celdas tienen paredes sólidas con el espesor necesario para que los presos no puedan comunicarse entre sí, la clásica reja de los penales está delante de una puerta metálica sumamente sólida que cuenta con sólo una abertura para pasarles los alimentos. Dentro de la celda se bañan y hacen sus necesidades fisiológicas. Los controles de rutina de salud mental se realizan sin entrar a la celda y en caso de que los reos requieran ayuda médica o siquiátrica las consultas se realizan mediante teleconferencias. Como los directores tienen total libertad, los más benévolos permiten que los presos tengan un máximo de 10 horas a la semana para ejercitarse físicamente pero este privilegio lo “gozan” en habitaciones internas o en pequeños patios internos dentro de jaulas metálicas. Algunos llegan a permitirles minutos al aire libre, posados, encadenados de los pies y escoltados por guardias de seguridad que portan armas de fuego, gases o aparatos de electrochoque, para controlarlos de ser necesario. En estas prisiones también son recluidos los presos con enfermedades mentales incurables o los que requieren una custodia especial por se indisciplinados o por representar riesgo de fuga. En nuestro país esto no existe ya que, es del conocimiento público que las autoridades penitenciarias no tienen la capacidad para la vigilancia electrónica, y además su capacidad auditiva es prácticamente nula, por lo que se puede construir un túnel bajo una prisión de las llamadas cárceles de máxima seguridad sin que el trabajo arquitectónico o de ingeniería sea escuchado. Además la Comisión de Derechos Humanos vigila más los derechos de los delincuentes que los de los ciudadanos que, con su trabajo y el pago de sus impuestos son quienes mantienen a los penales y al aparato burocrático. Los delincuentes mexicanos temen la extradición a los Estados Unidos porque allá las cárceles no son centros recreativos, porque allá muchos sienten en carne propia lo que les hicieron a sus víctimas. Aquí, para los delincuentes de “rancio nivel” todo es vida y dulzura.

Por: Helena Cárdenas / [email protected]

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