Procedentes de cierta ciudad del norte del país llegan a Cuernavaca tres sobrinas del columnista vía el aeropuerto de la CDMX, y por carretera otra que radica en El Bajío. Viajeras regulares, conocen una gran parte de México e incluso han cruzado el “charco” para ir a Europa, pero aunque jamás habían estado en Cuernavaca saben de nuestro clima privilegiado, distinto a las temperaturas extremosas que padecen en sus lugares de origen, con amaneceres congelantes en invierno y calor achicharrante por estos días de verano. Extasiadas, admiran la vegetación que bordea la autopista México-Cuernavaca. “¡Qué bonito!”, exclamarán cuando las reciba en la terminal La Selva de los autobuses Pullman de Morelos para enseguida alojarlas en un hotel cercano a la glorieta de Las Palmas. Son adultas muy independientes. Entusiastas, rentan una camioneta para pasear por la ciudad, acordado para la mañana siguiente la incursión a Tepoztlán donde repetirán el “¡qué bonito!”. Por desgracia pronto cambian de opinión. El GPS las guía en el tour por el Cuernavaca poblado de árboles, de pájaros y flores, pero las desconcierta el panorama de contaminación visual con letreros anárquicos, espectaculares arbitrarios, banquetas destruidas, bolsas de basura esperando el camión recolector y baches, una infinidad de baches. Aun así conservan algo de entusiasmo, el suficiente para salir a cenar en algún restaurante. “¿Es seguro?”, me preguntan. Contesto que sí, pero que de todos modos procuraremos que no se nos haga muy tarde. Una de ellas sabe lo que pregunta: recientemente acompañó a su esposo a un viaje de negocios a Reynosa. Comenta: “No salimos del hotel para nada. La primera noche oímos una balacera, duró horas, no pudimos dormir”. Les digo que esto no sucede en Cuernavaca, que la seguridad no es absoluta pero nada comparable a la violencia de Tamaulipas, Sinaloa, Guerrero. Previo a su regreso, les ofrezco una comida en casa. Bromeamos, intercambiamos anécdotas de familia, hablamos de cualesquier cosas y en la sobremesa les preguntó si les gustó Cuernavaca. Contestan que sí… si no fuera porque hay muchos baches, mucha basura, poco alumbrado público. Incisiva, la mayor que hace de líder me contesta con otra pregunta: “Tío, ¿en Cuernavaca no hay gobierno?”.  “Sí”, repongo apenado, “como en todas las cabeceras municipales existe un alcalde”. Admite, irónica: “Ah, sí, el futbolista; pero no se nota”. Han visto la Plaza de Armas remozada, y también el Jardín Juárez que avergüenza a los cuernavacenses frente al turismo. Constataron que en ninguna capital de estado como la de Morelos reinan el abandono, la desidia, la apatía por parte del Ayuntamiento. Al comercio ambulante, que no es igual al de otras ciudades, uniformados los vendedores callejeros, obligados a mantener limpios sus lugares y pintados sus puestos. Al Zócalo, infestado por miles de ratas que más en las noches pero también de día caminan buscando comida entre los pies de las personas. Al Jardín Juárez, que en el trienio 1994-1997 del presidente municipal Alfonso Sandoval Camuñas era lavado a manguerazos las noches de jueves por los boleros a los que la Comuna proveía jabón y escobas. También acostumbradas entonces las jornadas de desrratización en el mercado Adolfo López Mateos, eran realizadas por brigadas del Ayuntamiento cada seis meses o anualmente, por supuesto de noche.  Una vez que cerraban los locales y tapaban los puestos, ponían veneno en los pisos marcándolo con cruces de pintura roja, y a la madrugada siguiente paleaban miles de cadáveres de roedores asquerosos, tantos que debían ser sacadas en camiones de volteo. Pero después no lo volvieron a hacer, al punto que hoy día los locatarios suelen bromear: “¿por qué crees que en la nave principal del ALM no hay gatos? ¡Porque las ratas son más grandes que los gatos y se los comerían!”. Las finanzas del Ayuntamiento alcanzan para comprar escobas y armar grupos de barrenderos con el personal que tiene de sobra y, relativa, la escasez de dinero le ha servido de pretexto para “nadar de a muertito”. Los de Cuernavaca llevamos meses mentando madres, condenando el abandono de avenidas y calles del Cuernabaches estigmatizador. Jamás los lugareños habíamos estado como ahora, indiferente Cuauhtémoc Blanco quien al no ser de Cuernavaca no le importa esta ciudad. Y conste: no se trata de un tema xenofóbico. El hombre es de donde quiere ser, pero con sus actos reprochables Cuauhtémoc ha demostrado que no desea ser de Cuernavaca…ME LEEN EL DOMINGO.

 

Por José Manuel Pérez Durán

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