compartir en:

El sábado pasado se jugó una edición más del llamado “Clásico Joven” del balompié nacional. Hace ya muchas lunas, el narrador Gerardo Peña le puso este sobrenombre a un encuentro que por el simple paso del tiempo ya tiene alfombrada la cajuela.
Sin embargo, aunque tiene detractores que siempre son los mismos que buscan demeritar todo, el cotejo sigue levantando pasión y si no, ahí está el entradón que el público realizó al inmueble ubicado en Santa Úrsula. Efectivamente, el estadio Azteca lució sus mejores galas y el enfrentamiento entre amarillos y azules no decepcionó.
La máquina se lanzó con todo en pos del arco rival, obteniendo pronto el premio a su tesón por la vía de su centro delantero. Benítez abrió el tanteador y luego Moisés Muñoz tuvo que abandonar el partido tras un inmisericorde piquete de ojos que hubiera firmado el “perrito” Aguayo, hoy gozando de mirar a Dios a la cara.
Posteriormente, Darío Benedetto se desgarró y cuando no se miraba al cuadro Celeste que inició como huracán, Alfredo Peñaloza, juez central del partido y de la polémica, decretó como penal una jugada increíble. De ahí vino un desconcierto azul que llegó hasta verse abajo al son de tres goles a uno.
El público aplaudió el ingreso de Christian Giménez y este les correspondió en el primer balón que tocó. Solo, sin marca cercana, el “Chaco” la mandó guardar y otra vez tuvimos partido.
Peñaloza interpretó como codazo un choque de Oribe Peralta con el “Maza” Rodríguez y mandó a bañar al “Cepillo”; la noche se les vino a los Cremas cuando Darwin Quintero se hizo expulsar y los dejó con nueve.
De ahí en adelante el asedio celeste fue brutal y tuvo su recompensa con un soberbio gol de Joao Rojas. Quedaba tiempo para soñar con el triunfo de la visita.
Lástima que ahora se hable más del festejo de Tomás Boy que de lo espectacular y excitante que resultó el Clásico.
El estratega arrancó con Ariel Rojas como lateral izquierdo sin tener el oficio y sin vocación, dijera Joan Manuel Serrat. Increíble que Nacho Ambriz no mandara explotar más esa situación aunque luego corrigió y se sacó la lotería de empatar en forma agónica teniendo dos jugadores más en el campo.
Del festejo en el tercer gol, ¿qué les puedo decir?, simplemente lo hizo a lo Tomás Boy.
Teniendo 170 grados para hacer su baile apache, lo tenía que hacer frente a la banca americanista, corte de manga incluido. Los ademanes son igual de corrientes que los que solía hacer Miguel Herrera y que en algún momento le valieron ser comparado con “Chucky”, el muñeco maldito.
Lo peor fue que privó a su equipo de minutos preciosos donde futbolística, física y sicológicamente eran superiores al rival y pudieron, incluso, ganar la contienda.
Su amor por Cruz Azul se lo creeré cuando gane algo.