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Una de las misiones más difíciles del quehacer humano es la de juez. Todo aquel que tiene que intervenir en una disputa o litigio tiene, por fuerza, que tomar una decisión y con ello, dejará a una de las partes satisfecha y a la otra con un sentimiento de que se ha cometido una injusticia flagrante.
Sin embargo, estoy convencido que a lo largo de nuestra vida todos actuamos alguna vez como jueces. Imagine usted a sus hijos pequeños peleando por un juguete en la intimidad del hogar; en el preciso momento en que se lo quite a uno para dárselo al otro, estará recibiendo el bautizo de fuego consistente en una silenciosa pero grandiosa ‘mentada de madre’ por parte del perdedor.
El juez encarna a la autoridad y por ende es reflejo de la sociedad en la que se mueve. Si la organización social posee sentido de valores y buen nivel cultural, sus decisiones se aceptarán de mejor manera pero cuando se le empieza a conectar con temas difíciles de entender como la corrupción y, su prima hermana, la impunidad, el descrédito y el rechazo se vuelven unánimes.
Si esto sucede en el diario devenir de las personas interrelacionadas en un ámbito determinado, imagine usted lo que sucederá en el deporte, con su tremenda carga pasional, especialmente en el futbol.
El juez deportivo se convierte en el enemigo público número uno, causante de todos los males que persiguen a nuestro equipo y en quién convergen todos los defectos, inmoralidades y deslealtades de que puede ser capaz un ser humano.
Todas estas reflexiones vienen al caso luego de la tormenta mediática que se ha levantado en torno al llamado “Clásico de Clásicos” jugado el domingo pasado en la “perla tapatía”.
En un juego intenso, por ratos con pinceladas brillantes de futbol, drama, desgaste físico hasta el límite, componentes tácticos de gran interés y un marco esplendoroso, resulta que las ocho columnas se las lleva la actuación del árbitro.
El trabajo de Fernando Guerrero y de sus auxiliares por supuesto distó de ser brillante. Invalidó un tanto al chiverío, cuando el juego era joven, e incidió con ello directamente tanto en la conducción del juego como en el resultado.
La pregunta tiene que ser: ¿Pierde el Guadalajara por el árbitro? O es víctima de su propia incapacidad para empatar un partido donde por más de media hora tuvo encerrado a su rival en un tercio del terreno de juego.
La indisciplina rampante en las canchas es un tema que presiona y hace deslucir la labor del nazareno. No hay falta que marque o acción en que se abstenga de hacerlo que no traiga aparejadas encendidas protestas. Esto por supuesto que sube al graderío y genera un clima de linchamiento hacia el juez y sus decisiones.
El “dedos” López falla en la marca en el segundo gol. Omar Bravo erra un remate en el área chica. Cisneros se hace expulsar pero al final es más fácil…Crucificar al árbitro.

Arturo Brizio Carter