compartir en:

Por: Karla Cedano

Hace casi 30 años, celebraba yo el cierre de la 1ª Semana de Ingeniería que habíamos organizado mis cuates y yo. El evento había sido un éxito local y en el brindis nuestros profesores se explayaron con halagos y felicitaciones. Hubo brindis y varios estudiantes estaban un poco más alegres de lo cotidiano. Como yo era abstemia, decidí cerrar la fiesta temprano. Al salir, un amigo de años (Saúl le llamaremos para no “balconearlo”), me insistió en que fuéramos en grupo a cenar tacos. La idea de ir hasta “plan del taco”, y pedirle a mi madre que me chofereara, me pareció abusiva y decliné. Saúl salió, monísimo, a pedirle permiso a mi mamá, haciéndose responsable de mí y de mis traslados. Por supuesto mi mamá, cedió a la presión y a los tacos me lancé.

De regreso, ya con un par de cervezas más en su sistema, a metros de entrar al condominio donde vivíamos, Saúl se estacionó, me presentó el cachete y me pidió que le diera un beso. Yo, confundida con el tema y pensando que el patán me iba a dejar en la esquina de la calle y era la despedida, me incliné le planté el beso en el cachete y… para no hacer el cuento largo, Saúl se pasó de mano larga, yo me quedé helada sin saber que hacer, hasta que alcancé a abrir la puerta de su Datsun. Ahí Saúl arrancó el coche, se puso muy serio y me llevó a la puerta del condominio. Me sentí incómoda y dejé de hablar con él desde entonces. Nos hemos topado en varias ocasiones y nos saludamos, pero para mí toda la situación fue molesta, confusa y nunca lo bajé de “patán”. Recientemente, en una reunión de exalumnos, Jorge, un gran amigo mutuo, mencionó a Saúl y cuando vio la cara de repulsión que hice, me preguntó más. Le relaté el incidente y él sorprendido me dijo, “¡no inventes Karla, Saúl no cuenta así la historia, él llegó feliz al otro día a contarnos su ligue!” Desmenuzando la noche, Jorge justificaba a su amigo implicando que como yo había aceptado ir con él y le había dado el beso en el cachete, era natural que él pensara que yo había dado mi consentimiento para el manoseo.

Está muy de moda hablar de “no es no”, cuando se trata el tema del acoso y abuso sexual. De igual manera debemos entender que un “sí, vamos por tacos”, o un “sí, llévame a casa”, o un “sí, te doy un beso”, o incluso un “sí, tengamos sexo”; no es un consentimiento tallado en piedra que implique que quienes consentimos damos nuestra autorización para que con el pretexto de un “sí” inicial, se desencadene toda una serie de actividades y sucesos a los que no hemos explicitado nuestro interés. Es indispensable educar a hombres y mujeres para entender que, el consentimiento debe ser una expresión tangible del respeto a la autonomía de las personas, que no es un evento instantáneo, es un proceso continuo y gradual que se da entre las personas y que se debe consolidar abierta y claramente.

Ni el consumo de alcohol, ni el frenesí del momento, ni el miedo a la represalia, ni el firmar un contrato de matrimonio, debe obstaculizar la expresión libre de la aceptación o del rechazo a una propuesta o conducta entre personas. Tenemos mucho que aprender aún, como individuos y como comunidad sobre el respeto a los demás, sobre el ejercicio de la libertad y el oponernos a la presión social o de pares. “Sí vamos a los tacos”, o “sí, llévame a casa”, es sólo eso. Tengamos la fortaleza y honestidad, hombres y mujeres, de pedir con claridad lo que queremos del otro y de aceptar con respeto su respuesta, nos guste o no, nos convenga o no, o nos lastime o no.