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Por el Paso Exprés circulo una noche de estas en sentido norte-sur, superada la tensión del viaje a la Ciudad de México y al fin cerca de casa. De pronto, la llanta derecha de mi coche choca contra algo que en ese instante no logro ver bien pero parece como un pedazo de riel saliendo del piso. ¡Pack! El golpe ha sido brutal, seco, de esos que duelen como si se los dieran a uno. Pero no puedo parar, no hay acotamiento, nadie para. Temo lo peor. Si se quebró la suspensión, repararla me costará un ojo de la cara; no fue mi culpa pero el gobierno no me pagará la compostura.

Apenas salgo a la carretera federal, paro abajo de una lámpara. Pienso: “qué raro: en este lugar hay alumbrado público”. Checo la llanta, zangoloteo el carro de un lado a otro, me agacho, busco con la lámpara algo roto: un cable, un fierro, una manguera, pero todo parece estar en orden. Menos mal. Llegando a la calle donde vivo ya me la sé: ahí el alumbrado artificial brilla por su ausencia. La única luminaria que funcionaba se fundió hace años; lo recuerdo porque era época de Posadas y los niños jugaban en el claro de luz que reflejaba al pie del poste. Así que avanzo con precaución, mirando por los espejos laterales y el retrovisor que no me salga un pandillero del barrio colindante. Sé que llegado el caso no me quitaría mucho. Hace tiempo que casi no cargo efectivo, cincuenta o cien pesos en la cartera, un montoncito de monedas en la consola y la tarjeta de débito para la gasolina y algún otro gasto. La inseguridad nos volvió desconfiados. A la mañana siguiente le echo otro vistazo a mi carro; no tiene nada que parezca anormal. Hago la primera parada en el crucero de la avenida principal, donde también doy la primera propina al chico de no más de diez años que se trepa en el cofre y le pasa un trapo sucio al parabrisas. La escena se repetirá en cada semáforo hasta que llegue al trabajo. A unos ya los conozco y a otros no. Está el señor de edad avanzada y aspecto andrajoso que pide limosna, la muchacha con el cabello pintado color zanahoria que hace piruetas con los aros, el faquir recostado boca arriba sobre un tendido de vidrios, la niña y el niño de diez o doce que venden flores, y un chamaquito que mete medio cuerpo en el coche, hurgando, pidiendo que le den lo que ve, la pluma desechable, el encendedor, cualquier cosa. Ha pasado media hora y estoy en la entrada del estacionamiento de la plaza comercial en la cual trabajo, pero antes de pasar y que el vigilante levante la pluma le doy propina al bolero, “por el trapazo de ayer”. La salida del trabajo no es distinta. Una cuadra abajo, paro en el Oxxo de siempre (“tienda de conveniencia” les dicen para no mencionar marcas, pero pocos las conocen así), me estaciono, entro, salgo, retomo el volante y repito la propina al “viene, viene”. El paso por la farmacia del “súper” agota la última moneda de cinco pesos que el acomodador del estacionamiento recibe desilusionado, como esperando más. Conduzco y me pregunto: ¿por qué tanta gente pide propina? Pienso en cómo han crecido Cuernavaca y los municipios conurbados a los que alguna vez separaban los sembradíos de caña, maíz y arroz. En que la capital llegaba al Polvorín y al hospital del IMSS de Plan de Ayala, y otro tanto ocurría en Cuautla, que acabaría pegado a la Villa de Ayala, y Jojutla, al que la explosión demográfica adhirió a Tlaquiltenango y Zacatepec. Pero si fue hasta los ochenta cuando el discurso oficial empezó a advertir el desorden del crecimiento de las manchas urbanas, el tema no pasó de planes elaborados por especialistas jamás ejecutados, no obstante que desde entonces pronosticaron la anarquía. Alcaldes coludidos con desarrolladores de unidades habitacionales hicieron un negocio del uso del suelo. Pegados los municipios tabique con tabique, el desorden borró del mapa miles de hectáreas cultivables que fueron convertidas en colonias populares y, desbocado el negocio de los conjuntos de casas de interés social y medio, alteró los paisajes de Jiutepec, Yautepec, Temixco, Zapata, Xochitepec. Pienso en el desempleo y la pobreza, que de acuerdo al Consejo Nacional de Evaluación para la Política Social (Coneval) en Cuernavaca viven más de cien mil personas en condiciones de pobreza a secas y pobreza extrema. Esto significa que apenas comen, mal o muy mal; que sobreviven hacinados en viviendas con piso de tierra, sin acceso a servicios de salud y de educación. Y lo peor: que para nada hay soluciones rápidas. ¡Pobre Cuernavaca!.. ME LEEN MAÑANA.
 

Por José Manuel Pérez Durán

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