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Las prohibiciones tienen algo especial que mueven al ser humano a tratar de evadirlas. En la gran depresión de los Estados Unidos, allá por los años 30 del siglo pasado, el gobierno implementó un veto a la producción y consumo de alcohol, principalmente de whisky que era el trago que bebía la mayor parte de los adultos estadounidenses.
El resultado tuvo varios efectos: La producción clandestina de licor, un incremento en el consumo, la aparición de garitos ocultos donde se vendían cantidades industriales de chupe a los sedientos gringos y una horda de contrabandistas que importaban camiones repletos del bendito líquido desde Canadá, generando ganancias millonarias.
A nivel doméstico, dígame usted, amable lector, la neta: ¿Nunca le prohibió su mamá juntarse con algún amiguillo? Los argumentos eran tan variados como “ese chamaco es un vago”, “nada bueno te va a dejar esa amistad”, “mira nomás como sus papás no le dicen nada” o el clásico “te va a echar a perder”, como si uno fuera un ente sin voluntad. ¿El resultado? Ya lo sabemos…En cuanto poníamos un pié fuera de la casa, corríamos a encontrarnos con nuestro amigo prohibido.
¿Quiere que su hija se encapriche con andar con ese novio greñudo, con arete, piercing y tatuaje? Hable mal de él y entonces, es muy posible que el asunto acabe en el altar.
Con esto quiero ejemplificar la prohibición de la FIFA y la invitación de la FEMEXFUT al público asistente a los partidos de la Selección para que dejen de gritarle “puuuuuuto” al guardameta adversario, cuando despeja, ya que según, su óptica, se trata de un acto homofóbico.
Bueno sería recordar que esta expresión nació en la ciudad de Guadalajara cuando en el año 99 el guardameta Osvaldo Sánchez, de formación atlista, llegó al Guadalajara luego de su paso por el América. Entonces, la barra brava de los Rojinegros, denominada la 51, que se sitúa justo detrás de una de las porterías, cada que en un clásico Sánchez despejaba, sonoramente le gritaban esa lindeza.
El grito se hizo moda y fue adoptado rápidamente en el resto de los estadios del país, no solo de la Primera Dvisión y obvio, tomó su punto más alto en los partidos de la Selección, ya que ahí todos los asistentes le van al mismo equipo, para desgracia del meta visitante.
Ahora la FIFA amenaza con obligar al Tri a jugar a puerta cerrada o a quitarle puntos si el público persiste en su necio afán. Solamente de esa manera se podría silenciar a ese monstruo de cien mil cabezas que es el estadio Azteca cuando juega el equipo de todos. ¿Y en los demás estadios, apá? Si ya hasta en las canchas llaneras se escucha el grito.
Yo lo veo más como un tema de folclor que de homofobia, pero respeto a quién piense diferente. Lo único que sé es que la prohibición no funciona y que la transgresión a la norma es, en nuestro medio…Una cultura.