compartir en:

Era el 10 de mayo de 1998 y se jugaba el partido de vuelta de la gran final del campeonato mexicano entre los equipos de Toluca y Necaxa. El escenario era el estadio “Nemesio Diez” de la capital mexiquense y los “rayos” se presentaban con ventaja de un gol en el marcador. En menos de tres minutos, los capitalinos anotaron un par de goles más y la sombra del desastre se cernía sobre los rojos ya que se antojaba demasiado cuesta arriba una remontada de esa magnitud.

La única persona que guardó la calma en el feudo toluqueño fue su director técnico, quién les recordó a sus jugadores lo mucho que quedaba por delante, la calidad individual del plantel y el ceñirse al estilo de juego que los había llevado hasta ahí.

Respaldados por el histórico grito de “sí se puede”, entonado a todo pulmón por el público que abarrotó la “bombonera”, empezó la gesta de la mano de Fabián Estay, José Manuel Abundis, Y por supuesto, el goleador José Saturnino Cardozo, logrando revertir el marcador y coronándose en una página gloriosa dentro del balompié nacional.

Le cuento esto de primera mano a usted, amable lector, porque ese encuentro marcó mi despedida como árbitro en mi país ya que a los pocos días partiría a la cita mundialista en Francia, donde colgaría definitivamente el silbato.

Admiro y respeto profundamente a Enrique Meza. No solo por su colección de títulos, cuatro a nivel nacional y otros en el terreno internacional sino por su buen talante y caballerosidad. Por ello, lamento su reciente salida del Morelia donde no pudo conseguir buenos resultados, dejando al cuadro purépecha sumido en el fondo de la tabla de cocientes.

Pero lo que más me puede es que quizá sea la última vez que vemos sentado en el banquillo al famoso “ojitos”. Para nadie es un secreto que a sus 68 años de edad ha pasado por períodos delicados de salud que culminaron con el abandono en pleno partido de la cancha por un tema cardíaco. Solo dos cosas hacen daño severo al corazón: El desamor y el banco del entrenador.

Meza pasó de eterno suplente de Miguel Marín en aquel histórico Cruz Azul de los 70 a uno de los técnicos más queridos en México. Incluso su llegada al tricolor en el 2000 fue más por aclamación que por designación aunque no le haya ido nada bien.

Quizá desde otro puesto se pueda aprovechar la enorme experiencia de este hombre, generoso para el consejo y abierto a la enseñanza. Sería un verdadero desperdicio que no se aprovechara el caudal de conocimientos que guarda Enrique así como su cariño por este deporte maravilloso.

Por ello y mientras se decide su futuro, quiero reconocer al hombre por encima del estratega, al profesor antes que al capataz, al director ecuánime mejor que al coleccionista de títulos, escribiendo este…Réquiem por un maestro.