Uno de los graves problemas en cualquier sociedad es la corrupción. Los grados pueden ser diversos pero sacar ventaja de una posición para enriquecerse y de paso, mocharse con los cuates, es un acto de total desvergüenza.

Porque además, el corrupto confía en que jamás será descubierto pero, en el muy remoto caso de que se supieran sus tropelías, queda el recurso de acogerse en el manto de la prima hermana de esa corrupción que se llama doña Impunidad.

En los países islámicos casi no existen los delitos patrimoniales, es decir, el robo con sus variantes. Esto no quiere decir que nacieron honestos o que por profesar las creencias transmitidas por Alá ya no se les antoja lo ajeno.

Lo que pasa es que la ley prevé que a aquel que sea sorprendido en un hurto, tras un juicio sumario, se le condena a la pena consistente en amputar la mano.

Los mexicanos cuando vamos al “otro lado” cambiamos drásticamente el “chip”. Allá no tiramos basura en la calle; cruzamos por la esquina y hasta que se pone el monito verde en el semáforo; al manejar, jamás excedemos el límite de velocidad y ponemos la direccional para cambiar de carril; ¡bueno! Nos convertimos en un dechado de cualidades cívicas.

¿La razón? El miedo a la sanción. Sin idealizar a nuestros vecinos, que también se las traen en este tema, generalmente el policía no te acepta una “mordida” y te pone tu multota. Y ahí de ti que no la pagues porque hasta la visa te andan cancelando.

En el Japón, cuando un político es señalado por la presunción de un acto indebido, inmediatamente presenta su renuncia, con el fin de no entorpecer las averiguaciones ni caer en tráfico de influencias.

En México las raterías se solapan, se minimizan y hasta se aplauden. El Director de una paraestatal es encarcelado no por lo que se robó sino por su cinismo de cenar “pato laqueado” en un exclusivo restaurante. A diario se denuncian corruptelas desde la más alta tribuna mediática de la nación pero no se abren procesos. Una Ministra plagia una tesis y no se le toca ni con el pétalo de una amonestación, en fin, somos como en el cuento de Peter Pan, el “País de nunca jamás”.

Esto viene a cuento por la sanción que Cruz Azul anunció para su jugador Julio César Domínguez, luego de que subiera a las redes sociales la “narcofiesta” para celebrar el cumpleaños de su hijo.

Obvio que el “Cata” no mató a nadie ni es un delincuente pero se pasó de bengala y por ello lo castigaron 4 partidos.

Pues resulta que no. Luego de dos juegos en la congeladora, la directiva lo perdonó y alineó en la derrota de los celestes ante Necaxa el pasado sábado.

Con esos procedimientos, nunca van a entender.

Cumple los criterios de The Trust Project

Saber más

Síguenos en Google Noticias para mantenerte siempre informado