El título de esta colaboración no constituye ninguna falta de respeto a usted, amable lector, ni a la casa editorial que me cobija y publica. Esta frase tiene connotaciones históricas y le es atribuida al extinto presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, Jonh F. Kennedy, cuando con motivo de la revolución cubana y la ascensión de Fidel Castro al poder en la “isla bella”, el primer ministro soviético Nikita Kruschev ordenó emplazar sus misiles hacia las principales ciudades del gabacho así como enviar navíos 
equipados con cargas atómicas rumbo al Caribe.
Se dice entonces que en una junta en la oficina oval, esa que luego pasaría a la posteridad con el sonado caso de don Bill Clinton y su becaria Mónica Lewinsky, el carismático primer mandatario gringo le manifestó al alto mando militar: “Pinches rusos”.
Pues ahora se ha destapado una cloaca, dada la investigación del Comité Olímpico Internacional, donde se detalla con pelos y señales, nombres y apellidos, toda una política de estado dedicada a encubrir el dopaje sistemático de los atletas rusos.
Por supuesto que no se trata de un asunto menor ya que una cosa es que un atleta ingiera alguna sustancia prohibida y otra que una nación, a ciencia, paciencia y conciencia de las más altas esferas del poder, diseñe toda una estrategia que aglomera desde militares hasta médicos para obtener triunfos que engrandezcan, desde el oscuro rincón de la trampa, a un país.
Pese a que las autoridades olímpicas dicen contar con un expediente personal de los deportistas implicados, ya cayó la guillotina sobre todo el atletismo ruso. Con ello, se han llevado entre las patas seguramente a algún inocente, empezando por mi reina, la saltadora con pértiga Yelena Isinbayeba que dejará de deleitar la pupila de millones de espectadores y que a un servidor, lo ha dejado con el corazón destrozado.
Pero parece que la cosa no va a parar ahí. Se dice que el próximo fin de semana, se hará oficial la prohibición para participar en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro a toda la delegación roja.
Obviamente, al más 
puro estilo de mi querido “peje”, los rusos denuncian un “compló” y culpan directamente a los Estados Unidos 
de orquestarlo.
El doping es, por 
definición, la búsqueda del aumento de la capacidad competitiva mediante la ingesta de una o varias sustancia prohibidas. El atleta que se dopa no es un drogadicto pero sí un impostor.
Cuando esto alcanza niveles generales como en Rusia, debe presumirse si no el visto bueno del Estado, por lo menos un pecado de omisión que también debe ser sancionado.
A los muchos problemas que enfrentarán los juegos cariocas, habrá que sumarle la ausencia de una delegación fundamental para su lucimiento. Ni modo, ya lo había dicho Kennedy a principios de los 60 del siglo pasado.

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