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Hace unos días asistí a un curso bastante interesante y muy bien organizado. En él hacían pasar a algunos asistentes a contar su vida desde la perspectiva del ¿quién soy? y ¿a dónde voy?. La terapia se asemejaba en principio a la de alguna asociación de alcohólicos anónimos, donde parece un concurso de a quién le ha ido peor en la vida, pero resultó que no. La verdad, los jóvenes dieron testimonio de una actitud ante la vida bastante positiva y veraz.
Uno de ellos narró su infancia y adolescencia dentro del mundo del futbol americano colegial en nuestro país; al preguntarle el facilitador que le había dejado la práctica de ese deporte, durante tantos años, contestó: “A ganar con honor y perder con dignidad”.
Ojalá encontráramos a sus entrenadores y mentores para insertarlos en el mundo del futbol actual. Los múltiples intereses, sobre todo de índole económica, hacen que los líderes en los equipos incentiven la práctica de ganar a cualquier precio. No importa si para ello hubo que echar mano de la trampa, el truco o incluso la violencia. El resultado borra todo y en el libro de los récords no aparecerá el día de mañana la forma en que se obtuvo un campeonato.
Pero esto implica un costo altísimo en los valores y un reto ético mayúsculo. En el centro de esta problemática se encuentra el árbitro como validador de la legalidad en este popular deporte.
En la actualidad, no existe un partido, óigalo usted bien, donde el perdedor no culpe de su fracaso al juez y eso incentiva la violencia y pone en grave entredicho la limpieza de la competencia.
Pero cuando es al revés, nadie recuerda ni el nombre del nazareno en turno. La victoria no requiere explicaciones, dicen, por ello es solo la habilidad en la definición, el planteamiento táctico o el carácter mostrado los elementos que condujeron al éxito.
Esto, además, saca lo peor del competidor en el momento más álgido de la disputa. Matías Almeyda, técnico de Chivas, perdió su mesura característica en el juego de ida ante América y llamó “delincuente” al árbitro César Ramos; Ricardo Ferretti mostró la billetera al silbante Francisco Chacón cuando este decretó la expulsión de Juninho y luego armaría un sainete en la conferencia de prensa. Los Pumas, antes de viajar a Ecuador, ya se pusieron el curita antes de cortarse al pedir que el arbitraje no los perjudique en su encuentro ante al Independiente del Valle.
No tenemos el monopolio de la protesta, la intimidación y la majadería generalizada ante los señores árbitros. Si Diego Simeone puede ser el ejemplo del director técnico moderno, agarro mi bastón y mi sombrero, hago una caravana, sonrío con amargura y me retiro de la escena.
No me ciego ante la incapacidad manifiesta de algunos silbantes. Sólo exijo que los protagonistas del futbol aprendan a…Perder con dignidad.

Bajo la lupa
Arturo Brizio Carter

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