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Tras la tormenta vino la calma. Luego de que el Comité Olímpico Internacional suspendiera al atletismo ruso y con ello le impidiera asistir a los juegos a escenificarse en Río de Janeiro, se abrió la muy concreta posibilidad de que todo el deporte de ese país quedara fuera de las competencias.
¿La razón? El resultado de arduas investigaciones que arrojaron como resultado la certeza indubitable de que existió toda una política de Estado para encubrir el dopaje de los atletas rusos.
El grado de encubrimiento, los implicados y la sofisticación a la que se llegó no deja duda de que hasta las más altas esferas del poder estuvieron implicadas en esta red para conseguir triunfos deportivos bajo la sombra del consumo de sustancias prohibidas.
El mundo entero esperaba una sanción ejemplar pero como suele suceder, a la hora de los mameyes, le tembló la mano al máximo organismo deportivo mundial y ahora, en una decisión que quiso ser salomónica, dejan al criterio de cada federación internacional la posibilidad de que los rusos asistan a las competencias cariocas.
La cuestión brinca luego de que el propio comité había afirmado poseer “cientos de pruebas” y contar con un expediente personal de cada atleta implicado así como de los dirigentes que solaparon esta infausta práctica.
Entonces la pregunta: ¿pa’qué tanto brinco estando el suelo tan parejo? Porque si se tienen los pelos de la burra en la mano, pues aplíquenle la sanción a quién lo merezca y sanseacabó pero no, primero muy salivudos miden con la misma vara a todos los que practican el atletismo y luego, con el resto de los deportistas, arrugan y les dan zacatito pa’l conejo.
Es obvio que se trató en el último momento de una maniobra asquerosamente política. Hay un personaje siniestro en todo esto y se llama Vitaly Mutko, ministro ruso de deportes. Si alguien sabía perfectamente de lo que se trataba el asunto del dopaje a alta escala, era precisamente él y dudo mucho que en un país donde no se mueve la hoja de un árbol sin que lo sepan las altas autoridades, el presidente Vladimir Putin haya quedado al margen de decisiones tan importantes.
Ahora resulta que a esa bola de tramposos, encubiertos por una caterva de rufianes, se les premiará con una especie de “segunda vuelta” ya que serán sometidos a las pruebas antidopaje que ya reprobaron y por las que deberían quedar proscritos del deporte para siempre. Cualquier parecido con los maestros mexicanos es pura mala fe del lector.
Como dice mi amigo el “perro” Enrique Bermúdez: “El COI la tenía, era suya y la dejó ir”. En lugar de declararle una guerra frontal y definitiva al uso de estimulantes, con documentos y testimonios de alto valor probatorio, prefirió doblar sus manitas ante las presiones políticas…Para eso me gustaban.

Bajo la lupa
Arturo Brizio Carter
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