Durante la semana se dio a conocer la noticia del deceso de Joao Havelange a los 100 años de edad. El brasileño fue presidente de la FIFA desde 1974 hasta 1998, organismo que dirigió con mano de hierro, logrando insertar al balompié en el mundo de los negocios globales, la venta de publicidad millonaria, los derechos de televisión cotizados a precios que jamás se soñaron y como en todo gran emporio, actos de corrupción inimaginables entre dirigentes y asociaciones.

Fue en el congreso del máximo organismo rector del balompié mundial, celebrado en Alemania, cuando el Doctor Havelange ganó la votación y se proclamó nuevo presidente, sustituyendo en el cargo al inglés Stanley Rous. Todo esto ocurría en el marco de la Copa del Mundo de 1974.

Si bien el siguiente Mundial a celebrarse en Argentina no se otorgó por la nueva administración, dicho evento estuvo teñido de dudas ya que se habló de toda una conspiración entre la FIFA y la junta militar encabezada por el General Jorge Rafael Videla para que la albiceleste se coronara campeón en su país.

De ahí en adelante don Joao fue reelecto casi por aclamación en los mundiales de España 82, México 86, Italia 90, Estados Unidos 1994, finalizando su “reinado” en Francia 98 al pasar la estafeta a su aliado incondicional y eterno secretario general, el suizo Joseph Blatter, destituido el año pasado al comprobársele todo un rosario de corruptelas, sobornos y complicidades pero eso, como diría la nana Goya, es otra historia.

Un servidor inició su carrera arbitral en 1977 y culminó en Francia 98, o sea que el único presidente que conocí fue precisamente quién hoy ha pasado a mejor vida.

Tuve varias oportunidades de saludarlo personalmente y le puedo decir a usted, amable lector, que era realmente impresionante. Medía arriba del 1.90 metros, erguido como un roble y siempre elegantemente ataviado. Poseedor de una voz grave, hablaba buen español aunque con el típico dejo portugués y con sus ojos azules, parecía taladrar a su interlocutor pero podía mostrarse bondadoso si así se requería. Un personaje.

Un incidente lo pinta de cuerpo entero. En los Juegos Olímpicos de Barcelona en 1992, el Comité Olímpico y la FIFA se enfrascaron en un pleito que escaló hasta sus máximos dirigentes. Juan Antonio Samaranch por un lado y el Doctor Havelange por el otro. A la sazón me tocó ser el árbitro mexicano en este torneo y fui designado para dirigir en Valencia el juego semifinal entre España y Ghana. En la tribuna estaban presentes tres figurones: Mi papá, el rey Juan Carlos y don Joao, quién bajó a la cancha a saludar antes del juego a los contendientes y a los jueces.

Para la final, a jugarse entre los anfitriones y Polonia en el estadio del Barsa, el tío Havelange les pintó un violín y dejó la butaca vacía junto al presidente del COI. Hasta siempre, mi presidente.