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Érase que se era una especie de magos que de la noche a la mañana prometían curas milagrosas. Normalmente hablaban cantadito y habían nacido en alguna remota región, casi siempre por los rumbos del río de La Plata. De la noche a la mañana, ganaban más dinero que sus guerreros y por la vía del secuestro tomaban las riendas de la tribu, ordenando les rindieran vasallaje, sumisión y obediencia ciega.
Si cree usted que hablo de la mayoría de los entrenadores en el futbol, déjeme decirle que está en lo cierto. Por supuesto dejando a salvo el buen nombre y reputación de algunos que trabajan y muy bien, a nuestro país ha venido cualquier cantidad de farsantes y vendedores de humo.
Recuerdo en los setentas que el San Luís presentó con bombo y platillo a un entrenador chileno. Una vez más me permito subrayar, sobre todo para los jóvenes que no existía el internet y las comunicaciones eran, por decirlo de alguna manera, lentas y enredadas.
El personaje en cuestión era chaparrito, bigotón, usaba una gorra que no se quitaba nunca y respondía al nombre de Hugo Cheix. Al paso del tiempo algún malora investigó su pasado y resultó que era periodista en su país. O sea que agarró un avión en Santiago y en 8 horas se tituló como técnico. ¡Dios mío!
El América contrató a Paulo Roberto “Falcao”, estrella brasileño y que era conocido como el rey de Roma. Era tan malo y tan loco, que en algún partido se aventó la puntada de alinear al guardameta Adrián Chávez como centro delantero. ¡Hágame usted el favor!
Ahora, en plena Copa América Centenario, la selección de Paraguay le dio las gracias a Ramón Díaz, conocido con el sobrenombre de el “pelado”. Este hombre también anduvo en México, para variar sentado en el banquillo de las Águilas y no pasó nada con él. La razón es simple: No sabe trabajar y cree que con la arenga motivacional se pueden ganar campeonatos.
Otra cabeza que rodó fue la del legendario capitán de la selección brasileña y que estaba viviendo una segunda etapa como adiestrador nacional, Dunga.
Carlos Caetano Bledom Verri es su nombre completo y créame que en la cancha era sinónimo de garra y liderazgo. Tuve el privilegio de arbitrar partidos de la verde-amarelha con él portando el gafete de capitán, primero en el mundial de Estados Unidos 94 en el juego ante Camerún y posteriormente en la final de la Copa América en Uruguay cuando Brasil enfrentó a los celestes y resultaba impresionante el carisma de Dunga. No era de gritar ni hacer aspavientos pero en la cancha se convertía en un adalid.
Desgraciadamente le ha tocado una generación de presos que no saben llevar con dignidad la camiseta de la “canarinha” y ha quedado desligado del equipo en lo que debe considerarse como un fracaso mayúsculo en su carrera.

Bajo la lupa
Arturo Brizio Carter
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