A mediados de agosto, el llamado “milagro brasileño” pondrá punto final a una sobre exposición al mundo que ha dejado al país amazónico prácticamente quebrado en sus finanzas y con cero credibilidad en sus instituciones.
Desde el ascenso al poder del Partido de los Trabajadores, encarnado por Luiz Inácio Lula da Silva, el crecimiento del país sudamericano devino en el apodo del “gigante del sur” no solo por su inmensa extensión geográfica sino por un crecimiento económico sin precedente en la región.
Se dejó llegar la inversión extranjera, se metió en cintura a los belicosos sindicatos afines al poder y se lanzó toda una estrategia publicitaria que pretendió posicionar a Brasil dentro de las naciones del primer mundo. El “milagro brasileño” tomaba forma.
Como parte de esa campaña, los políticos brasileños lanzaron su candidatura para organizar la Copa Confederaciones en 2013, el Mundial de futbol en el 2014 y los Juegos Olímpicos este 2016. El mundo, encantado con el “boom” económico y el aparente bienestar que tenía como epicentro un gobierno surgido democráticamente, le otorgó su voto de confianza.
Vino el relevo gubernamental en el 2011, llegando a la presidencia Dilma Roussef a quién, literalmente, se le cayó el teatrito. La frase que aparece en el escudo de la enseña nacional del Brasil dice “Orden y progreso” pero en realidad, el castillo de naipes se vino abajo por el peso de la corrupción, una economía totalmente ficticia y la miseria que azota a millones de habitantes del “gigante”.
Se dejó venir una inflación galopante, la carestía en productos básicos, violentas protestas sociales y una inseguridad rampante de la que no escapan nacionales y extranjeros.
Además, para mostrar esa “cara bonita”, se comprometieron recursos públicos que dejarán al país y a Río de Janeiro, sede de los olímpicos, endeudados hasta la cuarta generación.
Dentro de pocos días arrancará la justa veraniega y ya empezaron las broncas para el comité organizador. La villa olímpica, que albergará a casi diez mil atletas, es un mugrero a medio terminar, con broncas en los acabados, suministro de agua, drenaje insuficiente y olores fétidos propios de una inadecuada instalación.
La delegación australiana retiró a sus competidores y los suecos prefirieron pagar hotel que dormir en unas camitas que si usted gira en medio del sueño, saldrá volando por la ventana y puede acabar nadando en caca en la Bahía de Guanabara, tan contaminada, que hasta un brazo humano hallaron flotando hace cosa de una semana.
En esta vecindad vivirán durante dos semanas también nuestros atletas, quienes tendrán que aguantar vara, porque dudo que sus dirigentes, que estarán en un hotel 5 estrellas, los muden con ellos cuando se enfermen, lleguen tarde por el pésimo transporte o los pique el méndigo mosco del zika.

Bajo la lupa
Arturo Brizio Carter
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