Luego de la fastuosa y a la vez sencilla ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos en Río de Janeiro, arrancaron las competencias y las hazañas que perdurarán en nuestra memoria por lo menos durante los 4 años que faltan para volvernos a ver en Tokio.
Sin embargo, la reflexión que quiero compartir con usted, amable lector, tiene que ver con lo que sucede afuerita de las canchas y en lo muy profundo del corazón de algunos atletas.
Dejando de lado al futbol, que como sabemos recibe apoyos importantes de los patrocinadores y sus estrellas ganan salarios exorbitantes, el resto de los deportistas mexicanos, salvo escasas y honrosísimas excepciones, carecen de un real soporte económico y cuando llegan a sobresalir, se debe primordialmente a los esfuerzos personales y familiares que, a costa de lo que sea, proveen lo necesario para equipamiento, giras, fogueo y competiciones. Lo peor es que esto a veces sucede para vencer las redes de complicidades que se tejen al interior de las federaciones.
El pero es que cuando el atleta triunfa, se olvida de toda la gente que directa o indirectamente colaboraron para que pudieran estar en el mundo de la alta competencia.
Recuerdo una ocasión en que el gobernador de Sonora, Armando López Nogales, iba a nombrar hija predilecta del estado a mi querida y admirada Ana Guevara, luego de la obtención de la medalla de plata en Atenas 2004. En el discurso el mandatario destacó los apoyos brindados a la “saeta sonorense” y cuando la corredora hizo uso de la palabra, simplemente abrió diciendo: “Yo a usted no le debo nada”.
Quizá no de manera directa pero de alguna manera Anita se benefició de instalaciones, becas, entrenadores y el cariño del pueblo yaqui. Creer que se hizo a sí misma es un acto imperdonable de soberbia.
Apenas antier, luego de errar un tiro en la competencia de tiro con arco y privar a su equipo de seguir adelante, los periodistas le cuestionaron a Aída Román si estaba presionada. La arquera contestó: “Yo soy Aída Román y no le debo nada a nadie”. ¡Bolas!, seguramente entrena sola, ella fabrica su arco y flechas, se prepara de comer y se fue a Río nadando o corriendo, sin contar con los apoyos económicos que si bien no son para volverse rico existen.
La medallista de plata en Londres también quedó eliminada en la prueba individual y se aventó otra joya idiomática: Dijo estar muy contenta porque dio “su mejor esfuerzo”.
Lo mejor de todo esto sería que luego de no deberle nada a nadie, además se tirara a la hamaca y no diera lo mejor de sí en la competencia. ¡Qué falta de humildad!
Alguna vez también oí a un portero que iba a dejar la titularidad de su equipo declarar: “No tengo que demostrarle nada a nadie”.
Qué raro que usted y yo tengamos todos los días que demostrar nuestra valía ante mucha gente, incluida la familia. Algunos deportistas viven en… La isla de los hombres solos.

Bajo la lupa
Arturo Brizio Carter
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