Uno de los mejores dones que la vida puede regalarnos son, sin duda, los amigos. Esos parientes del alma a los que se puede escoger y que estarán siempre prontos a echar la mano, a la ayuda presta, al oído confidente, a la risa compartida y al buen vino.

También permanecerán cuando la cosa se ponga brava y la vida nos enseñe cuán mal encarada puede ser, sobre todo cuando Dios nuestro señor parpadea un poquito.

En este sentido, la vida ha sido generosa conmigo, regalándome, quizá sin merecerlo, buenos y grandes amigos. Pero el día de hoy quiero referirme a uno en particular, ya que está por empezar el torneo mexicano de la primera división y con ello, se renuevan las esperanzas de que el Cruz Azul ponga fin a una sequía que acaba de cumplir los 19 años.

Este hombre vive en Ciudad Victoria y es un pilar de su comunidad. En la capital de Tamaulipas he encontrado el cobijo afectuoso de otros seres cuya caballerosidad y solidaridad me hace sentirlos como de mi familia y por medio de uno de ellos es que conocí al buen Antonio Villarreal.

Cada semestre, cuando platicamos de futbol, Toño dice que ya no espera mucho de la escuadra celeste, equipo de sus amores. Sin embargo, algo me dice que es más bien una terapia inversa, donde el ferviente deseo se disfraza de escepticismo. Los cruzazulinos han perdido la ilusión pero no la fe.

Para este torneo, por lo menos en el papel, han parado un cuadro de respeto, empezando por la novedosa contratación del español Paco Jémez, (parece albur), quién no ha prometido nada más que trabajo.

Pero contrataciones como las de Gabriel Peñalba, Ángel Mena, Martín Rodríguez así como la inminente llegada del goleador uruguayo Martín Cauteruccio hacen presumir que los de La Noria le darán, por fin, una satisfacción a la golpeada fanaticada celeste.

Porque fíjese usted que hasta los expertos se van con la finta de los 19 años sin títulos de liga pero lo más alarmante y aberrante también, es que una institución de esa magnitud, que ha gastado millones y millones de dólares en contrataciones que muchas veces terminan siendo auténticos “petardos”, solo haya ganado un campeonato en ¡35 años!, eso sí que viene siendo un dato que gustosamente firmaría el señor Ripley.

Me tocó vivir de primera mano el último título de los cementeros, ya que era el árbitro de aquel partido en León que se decidió dramáticamente con el gol de oro. En aquella ocasión, luego de la cobarde agresión de David Ángel Comizzo sobre Carlos Hermosillo, cuando se había sancionado un penal en contra de la fiera, quedó la estampa del “grandote” de Cerro Azul, mal parchado de la cara, con restos de sangre, cobrar con gran personalidad la pena máxima y coronar una final de infarto. Con esa imagen y el abrazo fraterno de mi amigo Toño, quiero desear que la “máquina celeste” ponga fin al ayuno.

Bajo la lupa
Arturo Brizio Carter
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