Al deporte mundial lo ha degradado el dinero. Hoy vemos en casi todas las especialidades que los atletas y sus entrenadores están dispuestos a pagar casi cualquier precio por conseguir la victoria. El rostro más monstruoso de esta tendencia es, indudablemente, el dopaje. Algunos países, como Rusia, lo han elevado a la categoría de “política de estado”, creando toda una red de complicidades que incluye a funcionarios de alto rango, médicos, nutriólogos, terapeutas y por supuesto, a los competidores para romper esquemas lícitos, poniendo en riesgo incluso la salud futura del deportista, todo con tal de conseguir medallas.

Deportes considerados como grandes forjadores de valores, como el futbol americano, no escapan a esta feroz competencia que permite ganar a como sea. Jugadores que toman esteroides anabólicos para conseguir una masa muscular descomunal, formadores de jóvenes que incitan a golpear al rival sin misericordia y hasta coaches que mandan desinflar balones, como se supone lo hizo el entrenador en jefe de los Patriotas de Nueva Inglaterra, el señor Bill Belichick. Una vez más la victoria sin honor.

Sin embargo, la manifestación deportiva que se lleva la palma en este tipo de situaciones es el futbol soccer. He afirmado que el balompié es un juego de tramposos y lo sostengo. Alrededor del mundo vemos a futbolistas que fingen faltas, caen fulminados como por un rayo al menor toquecito, escupen a sus adversarios y hostigan constantemente al cuerpo arbitral. Directores Técnicos con esquemas ultra defensivos con la finalidad de no dejar jugar al adversario, importándoles un comino el público. Incluso uno de ellos se mandó la célebre frase de: “si quieren espectáculo, váyanse al circo”. ¡Hágame favor!

Marcos Achar, quien fungiera muchos años como CEO de Comex, comentó en el discurso inaugural de un simposium para árbitros de la CONCACAF, refiriéndose al futbol: “No ha cambiado el juego…ha cambiado lo que está en juego”, refiriéndose obviamente a las carretadas de lana que aparecen por todos lados en nuestro amado deporte.

Por ello, me siento profundamente orgulloso de un atleta inconmensurable como Roger Federer. El tenista suizo logró la hazaña, a sus 35 años, de ganar el Abierto de Australia y vaya de qué manera: Derrotando a un formidable oponente como lo fue Rafael Nadal. Independientemente de lo brillante del juego, me quedo con el discurso final: “Si en el tenis hubiera empates, me gustaría compartir este trofeo con Rafa”. ¡Dios mío! Entonces sigue siendo posible que la caballerosidad, el fair play, la decencia y la honestidad priven por sobre los intereses económicos. ¡Qué grande eres, Roger!

Bajo la lupa
Arturo Brizio Carter
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