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Corría el año de 1974 cuando mi padre, don Arturo Brizio Ponce de León, decidió colgar el silbato. ¿La razón? Le habían ofrecido hacerse cargo de la gerencia de los Pumas de la Universidad.
Por aquellos ayeres, el cuadro del Pedregal no era el enorme monstruo administrativo que es en la actualidad y se manejaba de manera muy sencilla. El presidente era don Arturo Chávez, una secretaria, un ayudante y el encargado de cuidar la casa-oficina, un chavillo oaxaqueño al que todos le decían cariñosamente Fili y que hablaba un idioma muy parecido al español.
El local estaba ubicado en la avenida Revolución, cerca del estadio de Ciudad Universitaria que era donde entrenaba el primer equipo. Normalmente, luego de la práctica, los jugadores se daban la vuelta ya para tomar un refresco, jugar un poco de billar, cobrar algún premio o su salario, conversar o simplemente hacer tiempo para ir a comer.
Muchas veces fueron a la casa de mis padres a compartir el pan y la sal jugadores como el querido Doctor Miguel Mejía Barón; Cabinho y Spencer también eran requeridos con frecuencia; el gran Bora Milutinovic quién llegaba de traje, con unas flores para mi mamá y una botella de vino para el jefe pero los invitados que más nos divertían eran el “gonini” Vázquez Ayala y su inseparable compañero Leonardo Cuéllar.
Nos parecía increíble que personalidades tan diferentes pudieran amalgamarse en una amistad. Eran compañeros de habitación en las concentraciones y también con la Selección Nacional. Arturo era dicharachero, burlón e irreverente, en cambio Leo se comportaba tranquilo y como un perfecto caballero.
Quiso el tiempo que yo me convirtiera en árbitro y todavía alcance a pitarles a este par. Leo una chulada y el “gonini”, un dolor de muelas.
Con el tiempo, Leo Cuéllar empezó a dirigir en el futbol femenil y se hizo cargo de la Selección Nacional. Con el mínimo de apoyo institucional y económico ha hecho, a través de los años, verdaderas maravillas no sólo con la Selección mayor sino con las chavas que compiten con límite en la edad.
Recuerdo dos episodios vergonzosos en la historia del futbol femenil en nuestro país. El primero, cuando un torpe dirigente se refirió a esa Selección como “la última de las prioridades” y otra, que nadie me contó porque yo estaba presente, cuando luego de un viaje, las integrantes de la sub-20 de mujeres en pleno aeropuerto, tuvieron que despojarse de sus pants y maletas para entregarlas a la mayor, que en ese momento salía de gira. Una pena.
Ahora, luego de fracasar en su intento por asistir a los Olímpicos de Río, los días de Leonardo al frente del Tricolor parecen contados. Sin Liga profesional, apoyos reales y grilla interna, el sucesor, hombre o mujer, tendrá que estar consciente que vivirá constantemente…En capilla.