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El próximo sábado tendrá verificativo una edición más de uno de los encuentros emblemáticos de nuestro balompié: América vs Pumas de la Universidad. El juego en cuestión es relativamente joven ya que los universitarios llegaron a primera división en los albores de los años 60 y empezaron a despuntar para convertirse en un equipo popular y competitivo por ahí de 1975.

El pique empezó por un asunto de dinero: Enrique Borja, gran goleador y titular indiscutible en la selección nacional, formado en la cantera azul y oro, partió al mundial de Inglaterra en 1966 con la convicción de que seguiría como puma por muchos años más. Sin embargo, al regresar recibió la instrucción de presentarse a entrenar en Coapa con el América, quién lo había adquirido en una importante suma de billetes. Al “narizón” no le agradó el trato y manifestó que “no era un costal de papas” para ser comercializado como se hizo. El asunto escaló y contó con la intervención, como conciliador, del entonces presidente de la república, Gustavo Díaz Ordaz y finalmente Enrique terminó enfundado en la casaca americanista, la cual defendió con pundonor hasta el día de su retiro.

Para finales de los 80, América contaba con un poderoso plantel y Universidad iba a la alza, llegando a concretarse una de las finales de campeonato más esperadas por la afición. Tras jugar en el Azteca y Ciudad Universitaria sin tener campeón y con el marcador global empatado, la FEMEXFUT determinó que se jugaría un tercer partido, cuya sede sería el estadio “Corregidora” en la ciudad de Querétaro. El juego de ida fue arbitrado en el “Coloso de Santa Úrsula” por Marco Antonio Dorantes y la vuelta por el doctor Edgardo Codesal. Ese día quedó marcado en la memoria colectiva como una de las peores tragedias en la historia del futbol mexicano cuando, producto del sobrecupo, algún descerebrado mandó cerrar las puertas de acceso al estadio universitario. Cientos de personas terminaron atrapadas en los túneles y perdieron la vida asfixiados por la multitud. La fotografía de un padre llevando en brazos a su hijo muerto dio la vuelta al mundo, como símbolo de la impotencia y la sinrazón. Un servidor trabajó ahí como juez de línea.

Pero volviendo al tema, para el juego de desempate fue designado Joaquín Urrea como central, llevando en las bandas Antonio R. Márquez y Marcel Pérez Guevara, dos “dinosaurios” del arbitraje que se comportaron más como enemigos que como colaboradores.

El juego tuvo como principal actor al nazareno, con decisiones polémicas en acciones que, siendo similares, se decidieron a favor de las Águilas. América fue infinitamente superior pero el tema arbitral quedó grabado como el elemento diferenciador en una final que desató las más altas y bajas pasiones. Por ello, el maestro Joaquín Urrea se autonombra… “El padre de la rivalidad”.

Bajola lupa
Arturo Brizio Carter