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Estudié la secundaria en el Instituto Don Bosco, allá por los rumbos de Iztapalapa, en una capital de la República que no reconocería ahora, por lo tranquila y segura. Tuve valiosos maestros que nos enseñaban mucho más de lo que decían los libros y que acompañaban el dicho al hecho siendo ejemplares. Uno de ellos era el maestro Fernández, siempre elegantemente ataviado y que impartía las asignaturas de música y literatura.

Esta última materia la hacía como de cuento. Todo encajaba en un universo maravilloso donde coexistían héroes, villanos, hermosas doncellas, duendes, dioses y demonios, mostrando lo mejor y también lo peor del ser humano.

Una semana cualquiera la dedicó al análisis del “Cantar del mío Cid”, obra inspirada en la vida y hazañas de un caballero castellano del siglo XI llamado Rodrigo Díaz de Vivar. Su valentía, gallardía, planeación estratégica y el hecho de que luchara contra los enemigos de la fe hacían del Cid una figura señera.

Lo que más recuerdo es el momento en que mi profe, con voz atronadora, contaba el momento en que Don Rodrigo, muerto a manos de los moros, era sujetado al caballo Babieca y salía a encabezar su ejército en la batalla por Valencia. Los infieles, sabedores de su deceso, al verlo al frente de los ejércitos castizos huían despavoridos y de esa forma el de Vivar ganó su última batalla.

Pasando al terreno futbolístico, me permito comparar con toda la proporción guardada, la gesta del campeador con lo realizado por Rafael Márquez el pasado viernes en la cancha de Columbus.

Llevo años escuchando que la carrera del zamorano está acabada. Desde que salió del Barcelona, son infinitos los especialistas que afirman que Rafa ya no puede marcar a campo abierto, que no está para 90 minuto, que su fragilidad le causa lesiones y una bola de afirmaciones carentes de sustento.

Lo único real es que contamos en el balompié nacional con un futbolista de clase mundial. Su amplio recorrido le permiten ser un referente para las nuevas generaciones en el Tri y asumir un liderazgo que se basa en la imitación. Márquez no es un tipo que grite o arengue al grupo pero indudablemente es quién lleva la voz cantante en el ciclo encabezado por Juan Carlos Osorio.

México arrancó la eliminatoria mundialista ganando de visitante. Lo hizo además en una plaza donde jamás lo había hecho, sucumbiendo en cuatro etapas diferentes por el idéntico marcador de dos a cero.

Ahora se plantó con gran personalidad y si bien no fue el juego perfecto sí alcanzó para la emoción y el grito al ver que se doblaba casi sobre la hora al acérrimo rival.

Y fue precisamente el capitán, ese al que muchos retiran a cada rato, quién con un soberbio cabezazo acabó con la maldición de Columbus. Estoy convencido que Márquez, como el Cid, seguirá ganado batallas por mucho tiempo más. Que así sea.

Bajo la lupa
Arturo Brizio Carter
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