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A media semana jugó el Cruz Azul en contra de los Mineros de Zacatecas dentro del torneo de la Copa Mx, con la victoria de los celestes al son de cuatro goles por cero. En ese encuentro vimos uno de los espectáculos más grotescos de los últimos tiempos: A Tomás Boy, entrenador cruzazulino, gesticulando ante la tribuna, devolviendo insultos y realizando bailables cada que su equipo anotaba
un gol.

Hay quién afirma que un grupo de “reventadores”, es decir, gente pagada por alguien, se coloca detrás de la banca cementera para hostigar al estratega y pedir su salida de la institución. Esto no es nuevo ni en La Noria ni en ningún otro lado pero que el “míster” se enganche con ellos sí es como para morirse de la pena.

Con los años se han acuñado varias mentiras o verdades a medias en torno a Tomás. Una de ellas que era un líder en la cancha. Un servidor, que tuvo la satisfacción de dirigir al Tigres en que jugaba y verlo con la selección nacional puede dar fe de que esto no es cierto. Fue un futbolista de clase excepcional, con un golpeo de balón privilegiado pero lejos de ser un “mandón” en su escuadra.

Con los años, se convirtió en entrenador y es más recordado por sus shows, rabietas y conductas antideportivas que por sus éxitos, ya que es de esos que hablan mucho y no ganan nada.

Otra falacia es que siempre da la cara por el jugador y que muchos de sus desplantes, los hace para aliviar la presión al interior del grupo.

Simplemente ahora al frente de Cruz Azul, bueno sería recordar que la temporada pasada, con un cierre para el olvido, dejó ir la posibilidad de llegar a la liguilla y ahora se sostiene con alfileres pues si el torneo terminara hoy, estaría fuera de la fiesta grande del balompié nacional.

Cruz Azul no necesita en el banco a un cómico o a un pendenciero de barrio bajo. La grandeza de la institución requiere de un hombre con estabilidad emocional, enfocado en su trabajo y con la cabeza fría, amén de que entregue buenos resultados.

El entrenador tiene que ser un líder y en ese sentido, señorial. Es increíble como los medios de comunicación hemos desvirtuado este concepto. Hoy, si el técnico no está parado en la línea de banda, parece que no hace el trabajo que debió efectuar a lo largo de la semana. Si no grita, se desgañita, provoca al rival o protesta al árbitro, no “siente los colores”. Si no es un altanero en la conferencia de prensa posterior a los partidos, es un conformista, en fin, el mundo al revés.

Los desplantes de Tomás Boy son una cortina de humo para distraer a la opinión pública de la pésima marcha de un equipo con una inversión millonaria. Ver a un director técnico degradado a hacer esos papelones tiene que mover a la afición celeste a la indignación. No cabe duda que como dice el dicho: “De niño cirquero y de viejo, payaso”.

Bajo la lupa
Arturo Brizio Carter
apbcarter_1@hotmail.com