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Hoy no hablaré de futbol. Sería un sacrilegio hacerlo luego de presenciar cinco juegos de serie mundial de altísimo nivel entre Cachorros de Chicago e Indios de Cleveland y estar a nada de conocer al nuevo monarca del mejor beisbol del planeta.

Ambas escuadras tienen importantes rachas sin ganar el “clásico de otoño” pero el corazón se inclina por el supuestamente más débil y por ello, los oseznos mueven a la piedad y se sienten favoritos, sin embargo, la “tribu” ha hecho su trabajo y tiene la serie a su favor, cierra en casa y solo una victoria lo separa de levantar el trofeo.

La primera vez que me senté frente al televisor para ver un juego de serie mundial fue en el año de 1965. Jugaban los Mellizos de Minnesota ante los Dodgers de Los Ángeles. En la loma de las responsabilidades del equipo angelino estaba un zurdo, portaba el número 32 en los dorsales y respondía al nombre de Sandy Koufax. Era impresionante ver como dominaba a los bateadores adversarios, haciéndoles ver mal en cada lanzamiento y guiando a su equipo hacia el gallardete. Desde entonces, hace ya 51 años, no me pierdo en lo posible, un solo juego de este espectacular serial.

A los Cachorros les tengo una especial estima porque, fíjese usted que la primera ocasión en que pude asistir en vivo a un juego de grandes ligas fue precisamente al “Wrigley field”, cuando incluso no tenía alumbrado. Ese día enfrentaron a los Astros de Houston con el imponente Nolan Ryan en el centro del diamante. No fue precisamente el día del “expreso de Refugio, Texas” y me lo sacaron a nalgadas por ahí de la tercera entrada.

Otros equipos vivieron en mi corazón como los Cardenales de San Luís en la época de Bob Gibson; los “alegres bigotones” de Oakland; la “máquina roja” de Cincinnati con Pete Rose y el resto de estrellas, los Yanquis de Reggie Jackson y por supuesto sucumbí a la “fernandomanía” hace 35 años cuando el “toro de Etchohuaquila” paralizó al país, colaborando para vencer a los “mulos de Manhattan”.

Mi afición al “rey de los deportes” es grande y no pierdo la oportunidad de asistir, cuando ando de viaje, a algún juego de la liga mexicana, la del pacífico si es en invierno y estoy en alguna ciudad del noroeste del país y por supuesto en el gabacho, donde el espectáculo, la tragazón y las “chelas” son un premio para aquellos que pecamos poco, como un servidor.

Además, me casé con una sonorense, por lo que en la casa somos “Naranjeros” y por mi oriundez chilanga, le voy a los “Diablos”, igualito que mi brother Antonio de Valdés.

La aportación de peloteros mexicanos en la “gran carpa” ha sido y sigue siendo, sumamente importante. Enfrentan la poca publicidad comparada con la de los futbolistas que en Europa, generalmente calientan el ocote.

Por todo ello, qué bueno que existe el beisbol y que no todo en la vida es “panbol”. ¡Bendito Dios!