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Desde que tengo el privilegio de escribir para usted, amable lector, es la primera vez que lo hago con desgano y es que me encuentro invadido de una profunda tristeza e impotencia.

Los aciagos acontecimientos ocurridos en un colegio de Monterrey, Nuevo León, me hacen sentir que el destino nos está jugando una muy mala broma.

Lo que debe preocuparnos realmente, más allá de los temas económicos, la ineptitud y voracidad de los gobernantes así como un entorno internacional totalmente adverso, es la pérdida de valores en nuestra sociedad.

No hay día en que los titulares de los principales diarios y noticieros no reseñen alguna matazón, una más cruenta que la otra. El hecho de que un jovencito ingrese armado a su aula y abra fuego contra compañeros y maestra es un hecho que creíamos, (o por lo menos yo así pensaba), solo ocurría en sociedades decadentes pero no en mí patria.

Pero basta echar una mirada a los deportes extremos que hoy miran los chavos, donde la violencia impera al grado de no espantarse ante la golpiza que un tipo, sin ningún recato, le propina a otro dentro de un cuadrilátero sin más reglas que el instinto animal que lo puede llevar hasta matar a su oponente.

O los videojuegos en que las persecuciones y ejecuciones a mansalva son monedas de curso corriente e incluso el más cruel es el que gana.

En ese sentido, el futbol como deporte de masas y el más practicado a nivel nacional debería ser un ejemplo, pero desgraciadamente no es así.

En el imperdible libro escrito por Félix Fernández, “Futbol, entre balones y valores”, el arquero en retiro y hoy comentarista me pregunta a bocajarro: “¿Es el balompié un buen ejemplo de valores?” a lo que le respondí: “El futbol es una incubadora de antivalores” y lo sigo creyendo.

Jugadores que fingen lesiones, que son capaces de escupir a un rival, que hacen entradas que pueden lesionar permanentemente a un compañero de profesión, que se encaran, discuten e incluso insultan a los oficiales del partido o que llegan al colmo de morder a un adversario.

Directores técnicos que hacen del truco, la chapuza y la falta de deportivismo su bandera y que luego, con una desfachatez que asusta, culpan al juez de sus derrotas.

Directivos corruptos y complacientes que se ponen de acuerdo por debajo de la mesa para romper las reglas imperantes.

Un sector de la prensa maiceado que todo lo aplaude y solo busca la noticia si es amarilla y sensacionalista.

Un público que en su mayoría va al estadio a insultar y ofender, sin la menor tolerancia a los colores rivales.

Si lográramos cambiar todo este entorno, nuestro maravilloso deporte podría ser un páramo de paz, un verdadero espejo de virtud y un crisol donde se forjaran solo personas de bien. Ojalá alguien secundara esta cruzada para dejar atrás…La barbarie y la sinrazón.

Bajo la lupa
Arturo Brizio Carter
apbcarter_1@hotmail.com