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Cuando la familia de Jacinto Abel Rodríguez Jr. fue a bañarse al río Bravo hace tres años, no imaginó que el pequeño se contagiaría con la bacteria naegleria fowleri (ésa que está cobrando vidas en la frontera) y menos que le robaría la vista y el habla además de confinarlo a una silla de ruedas a causa de la escoliasis que le produjo.

Dulce Rodríguez, hermana de Jacinto Abel quiere dar constancia de que las aguas del Bravo están contaminadas porque, según sus palabras, la gente no cree que su familia haya pasado por eso.

“Mi hermanito tenía 8 años, iba en tercer grado. Estaba pasando sus vacaciones en el ejido Purísima (en el municipio de Jiménez, Coahuila) con mi mamá, como no sabía nadar él se quedó en el agua bajita; sumergió la cabeza en el agua y unas dos semanas después se enfermó de gripa y calentura”, relata la joven.

Los síntomas se agudizaron al grado de necesitar hospitalización, por lo que fue ingresado a un sanatorio en Acuña; cada día estaba peor. Le fueron practicados estudios neurológicos que arrojaron la presencia de líquido en el cerebro.

“Los médicos dijeron que lo lleváramos a Monterrey o a San Antonio y nos lo trajimos (a Texas). Se fue acostado en el carro y llegamos a San Antonio como a las 7 de la tarde, no recuerdo bien”, dijo. Lo que sí permanece en su memoria es el intenso dolor de cabeza que refería el pequeño Jacinto, ese terrible malestar que no le permitía levantarse.

“Un muchacho de emergencias le trajo una silla de ruedas. Entramos, duró como cinco minutos en espera pero estaba perdiendo la conciencia. No miraba y hablaba poco”.

A las 9 de la noche del 18 de agosto de 2013, Jacinto Abel fue diagnosticado con meningitis bacterial conocida naegleria fowleri.

“Él me miró llorando un momento en que regresó a la conciencia y lo último que me dijo fue ‘no te preocupes, Lucero, Dios me está cuidando’”, después el suceso tomó dimensiones de tragedia. Jacinto Abel ingresó a cuidados intensivos del Hospital University de San Antonio donde permaneció en coma durante un mes y medio.

“No tenía chance de sobrevivir porque nos dijeron que era 99.9% fatal. Estaban esperando que su corazón parara de latir para desconectarlo pero mis papas dijeron que no. El Hospital University de San Antonio es uno de los mejores en Estados Unidos y hablaron con muchos doctores del país para saber qué hacer. Mandaron una medicina especial de Alemania para matar la bacteria o lo podía matar a él. Bendito sea el Señor, mató a la bacteria”, rememoró Dulce Rodríguez.

Jacinto Abel despertó poco después pero no hablaba. Estuvo en rehabilitación en otro hospital y regresó a su casa localizada en Ozona, Texas, a finales de octubre de 2013 sin poder ver y con escoliosis severa, sacudido por convulsiones, en silla ruedas.

“Le hablamos y voltea la cabeza y sonríe. Eso nos da esperanza que podrá ser el mismo niño de antes. Tiene 11 años y los doctores siguen diciendo que es un milagro. Sigue creciendo como si no estuviera discapacitado. Dicen que su cuerpo no lo siente. Ya ha dicho mamá cuatro veces”, mencionó Dulce. Quiere que se sepa la historia de Jacinto Abel para dar constancia de que el río Bravo no es un lugar para divertirse; en sus aguas arrastra dolor, enfermedad y muerte.