compartir en:

La reacción de Cuauhtémoc Blanco al decreto por medio del cual la Plaza de Armas pasó al dominio del Gobierno del Estado es tajante y a la vez incoherente. El comunicado del Ayuntamiento presume que el alcalde “siempre” ha buscado la mejor manera de ordenar a los comerciantes. Pero eso ha ocurrido sólo una vez, cuando funcionarios del Ejecutivo y de la Comuna reordenaron ahí la actividad de comerciantes, reubicando los puestos de periódicos, sacando a los ambulantes y semifijos. Considera que el decreto violenta la autonomía municipal, pero “expresa su absoluto respeto a las leyes, reglamentos y todas las normas vigentes”. ¿Por fin? Asegura que el Ayuntamiento “se esfuerza” por mantener el Centro Histórico ordenado y limpio para el disfrute de lugareños y visitantes. Pero el Zócalo, las calles que lo rodean y la ciudad en general no son precisamente ejemplos de limpieza. Sin embargo, ¿de quién es el Zócalo en realidad? Pertenece a todos, a propios y extraños, a las familias que en este sitio entrañable se ganan la vida: boleros, trovadores, mariachis, comerciantes informales y formales, dueños, trabajadores e inquilinos de los edificios circundantes, propietarios y empleados de cafés, restaurantes y tiendas. Miles. Es patrimonio social, cultural e histórico de Cuernavaca, de residentes nuevos y recientes, pero con más de los nativos y de quienes hace décadas llegamos para quedarnos aquí. Y al ser lo que es, corazón de la ciudad, eco de voces actuales y antiguas, también suele servir de escaparate a políticos que a veces se lo apropian aunque desconocen el alma del epicentro de la antigua Cuauhnáhuac. No vivieron los tiempos de las vueltas en coche al Jardín de los Héroes, hasta las postrimerías de los setenta; estaban ausentes o ni siquiera habían nacido cuando las noches de martes de “La Hora del Pueblo”, del periodista Pepe Gutiérrez, o el carnaval de los sesenta, atestada de gente entusiasta la explanada tantas veces remodelada. Tampoco les tocaron la costumbre del café, la cerveza o los tragos en La Universal, concurrida por cuernavacenses famosos y no, épicas las peleas a puñetazo limpio con los desenlaces del perdedor y el ganador dándose la mano, no como hoy cuando cualquier rufiancete puede andar armado y jalar el gatillo por quítame estas pajas; pedidas en aquel tiempo entre la algarabía de las mesas a los trovadores la última contra ellas como los preámbulos de las serenatas de madrugada que costaban cien pesos por las cinco canciones de rigor y “el pilón”. Cuando éramos menos, lamentaría el periodista y poeta Renato Leduc evocando el México de los cincuenta y las provincias que como en Cuernavaca habíamos muchos menos antes de la llegada de la modernidad, los celulares, las computadoras; inimaginable entonces la larga época del desorden que no terminaría sino hasta septiembre del año pasado en que fueron expulsados los comerciantes que ya no eran ambulantes ni semifijos sino permanentes, anclados los puestos de fritangas, tolerada la anarquía grosera por la autoridad municipal y explotada por un sindicalismo con el membrete de “nuevo” que nada tiene de novedoso porque viejo es el negocio de las cuotas por protección. Si de poner orden efectivamente se trata, Cuauhtémoc omite el ambulantaje años apoderado de las banquetas de Guerrero, No Reelección, Degollado, Matamoros y más arterias del primer cuadro. Nada dice el ex futbolista metido a presidente municipal sobre un programa de reordenamiento, pues no lo tiene; por ejemplo, sacarlos de la vía pública y reubicarlos en una plaza comercial tipo el Pasaje Lido, construido con un crédito bancario ya que el Ayuntamiento carece de recursos suficientes. Y una más que la asociación de ideas trae a cuento: si de veras Cuauhtémoc tiene agallas, que reabra a la circulación vehicular la calle Guerrero, no todos los días, digamos, de lunes a viernes, dejándola peatonal sólo sábados y domingos. Cerrada como está al paso de automotores, obstruye su desplazamiento hacia el norte de la ciudad, produce embotellamientos constantes en Rayón y acentúa el caos en Galeana, Rayón y Morelos. Sucia, frecuentemente encharcada, inexistentes los botes para la basura, la remodelación de Guerrero perdió sentido. A Cuauhtémoc no le significaría un gran problema que al paso de automóviles se opusiera la Unión de Comerciantes de esta arteria emblemática del comercio tradicional de Cuernavaca. Realmente no representan a todos los negocios ahí establecidos; sus “líderes” están hechos para la foto y para que aplaudan en eventos oficiales… ME LEEN MAÑANA.

Por: José Manuel Pérez Durán / [email protected]