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Flamante titular de la Comisión de Derechos Humanos del Estado de Morelos, Jorge Arturo Olivares Brito no se ha pronunciado en el caso de Carlos Axel Aguirre Montes, el hijo de la jueza Hilda Montes Delgado. No lo hará, aduciendo que a este respecto no hay queja alguna en la institución que encabeza, pero tampoco si la hubiera, maniatado por su relación personal con Nadia Luz Lara Chávez, la presidenta del Tribunal Superior de Justicia (TSJ) que lo llevó al sueldo de “ombudsman”. Como es sabido, tras participar en una riña de cantina Aguirre baleó a dos guardias de seguridad de la Plaza Marina. Poseedor de un negro historial delictivo, en junio de 2007 él y dos de sus amigos fueron detenidos por robar en una tienda de autoservicio en Jiutepec, y en febrero de 2008 cuando golpeó al entonces fotógrafo del Diario de Morelos, Luis Alejandro, fue denunciado penalmente. No obstante sus antecedentes, le dieron un empleo o ya lo tenía en el TSJ. Cosas de la vocación de luchar por la justicia. ¿Olivares la tiene?  A propósito de la cual cabe esta historia: Aquel jefe de la Policía Judicial tenía dos facetas: implacable con los canallas y complaciente con los mansos. Los violadores comprobados, los abigeos conocidos y los asesinos recurrentes que capturaba no llegaban a la cárcel, invariablemente reportados a los periodistas como sujetos muertos a balazos en los precisos momentos en que pretendían huir del brazo de la justicia. Y punto final. Pero no así en otras ocasiones. Se acercaba la Navidad, los vientos fríos que bajaban del Ajusco sacaban las chamarras de los roperos. Las “posadas” con piñatas, colación y cacahuates hacían las delicias de los niños en los barrios de la ciudad. Los aparadores de las tiendas incitaban al consumismo. El alumbrado decembrino colgaba de las fachadas de los edificios públicos. A muchos ya les habían pagado los “aguinaldos”. Algunas familias se preparaban para irse de vacaciones o ya se habían ido. Las señoras compraban los ingredientes para la cena de la Nochebuena. Los chicos que estaban de vacaciones se levantaban un poco más tarde que de costumbre. La felicidad, pero no en todos los lugares... El aspecto del hombre que estaba frente al Jefe policíaco era desgarrador. Vestía harapos y calzaba huaraches deshilachados. “¿Qué hizo?”, cuestionó el Jefe al agente que esa tarde lo había apresado en el nuevo centro comercial Adolfo López Mateos. “Se robó esto”, contestó mostrando una bolsa cuyo interior no alcanzó  a sacar. “El dueño de lo robado está afuera. Quiere hablar con usted”. El aludido entró a la oficina echando pestes, exigiendo justicia. Estaba fuera de sí, no quería la devolución del objeto hurtado; además de exigir que en ese mismo instante el ladrón fuera llevado a la Penitenciaría de Atlacomulco, demandaba que lo robado le fuera pagado por el ratero. “¿Qué fue lo que se robó?”, preguntó el Jefe al agente que seguía sosteniendo la bolsa en sus manos. La abrió. Era una muñeca de cartón, sencilla, barata; así que interrogó al detenido: “¿De dónde eres, en qué trabajas? A ver: enséñame las manos”. El detenido, de piel curtida por el sol y manos callosas por las faenas de campo había estado callado. Por fin pronunció palabras, pocas, balbuceantes, de modo que le gritaron que hablara fuerte. Dijo que era de Guerrero, que hacía quince días había venido a Cuernavaca para buscar trabajo pero no encontró, se puso a cargar canastas y tomó de un puesto la muñeca. El Jefe concluyó: “Ah, eres ratero y a lo mejor vicioso. La querías vender para emborracharte”. El comerciante seguía gritando, tenía harto al Jefe y atemorizado al ladrón; profería insultos contra “los pinches indios como éste que nomás vienen a robar”. Dada la orden por el Jefe de que fuera puesto a disposición del Ministerio Público, el acusado ya era conducido a la puerta de salida y permanecía callado. Fue entonces que informó el agente: “Dice que agarró la muñeca, que dizque para llevársela de regalo de Navidad a su hija, que ella está enferma en Guerrero”. El rostro del jefe pasó del fastidio al enojo. “¿Cuánto cuesta tu chingadera?”, preguntó al comerciante. Pero no esperó la respuesta, aventó sobre el escritorio un billete de cien pesos, el triple del costo del objeto robado, y lo corrió con cajas destempladas. Gritó: “¡Sáquenlo! ¡No lo quiero volver a ver aquí!”. Nuevamente abrió su cartera. Esta vez sacó un billete de quinientos para dárselo al pobre hombre. “Vete a tu pueblo”, le dijo, y murmuró algo que los demás escucharon como “que Dios te ayude”… ME LEEN MAÑANA.

Por: José Manuel Pérez Durán  /  [email protected]