La gente ve pasar el convoy, al jefe en la camioneta de adelante hablando por el celular, tomándose tiempo para darle alguna instrucción al chofer, y en la camioneta de atrás, a los escoltas y el conductor. Deducen el automovilista, la señora que va por los niños a la escuela, los usuarios de “rutas” que esperan en la esquina: es un funcionario, un empresario de alto nivel o quizá un mafioso. La vida transcurre así en las grandes ciudades, incluso en pueblos pequeños desde que empezó la inseguridad y Cuernavaca no es la excepción. Y los contrastes entre opulencia y pobreza: en los cruceros recolectan monedas el limpiaparabrisas, el lanzafuego que arroja al aire buches de petróleo encendido, el faquir que se recuesta en la cama de vidrios, la chica del aro que hace piruetas, el vendedor de golosinas, el menesteroso que pide limosna. Tristemente, de esta manera es el tono de vida en las ciudades grandes o pequeñas desde que comenzó a escasear el empleo. Y mezclado entre ellos y ellas, los bomberos “boteando” porque el gobierno no les provee lo necesario. Les falta equipo, siempre les ha faltado; se les nota, raídas las chamarras antifuego y las botas de plástico, deshilachados los cinturones, despintados los cascos. “A ellos sí les doy”, reflexiona el automovilista que acaba de regatearle una moneda al limpiador de parabrisas. Los bomberos no deberían andar “boteando”. Eso es injusto, una vergüenza para el gobierno. Ellos se juegan la vida, sus salarios son bajos y altos los riesgos de su labor. Jamás se ponen en huelga, impulsados por la vocación del servicio a la comunidad, no los mueve el dinero, pero merecen y necesitan mejores condiciones de trabajo. Lo cual es una obligación de los ayuntamientos en donde hay cuerpos de bomberos, diez en otros tantos municipios de Morelos: Emiliano Zapata, Yautepec, Cuautla, Jojutla, Ayala, Zacatepec, Temixco, Xochitepec y Atlatlahucan. Exhortados los alcaldes por el Congreso a que les asignen más recursos, respaldada la propuesta de que ello sea obligatorio por el presidente de la mesa directiva, Francisco Moreno Merino, y saludada con entusiasmo en  nuestra edición de ayer por el delegado en Morelos de la Asociación Mexicana de Jefes de Bomberos, Jesús Reyes Salinas, la califica de histórica. Expresó: “Se me hace algo muy importante, no sé hasta qué punto incluso histórico, no sé si ya en alguna otra ocasión ya se había subido al pleno alguna iniciativa de este tipo, no lo creo, pero si esto se concreta sería un paso importante para los cuerpos de bomberos en Morelos”. La historia: También llamado “tragahumo”, el nombre “bombero” proviene de su ocupación tradicional: apagar fuego, para lo cual usaban bombas con que sacar agua de pozos, ríos, depósitos o almacenes de agua cercanos al lugar del incendio. Documentos de la historia de la Ciudad de México ya mencionan en 1527 la existencia de grupos dedicados a combatir siniestros, conformado por naturales, habitantes y voluntarios que eran comandados por soldados españoles. Fue en el puerto de Veracruz donde se creó el primer cuerpo de “tragahumos” que existió en México, en agosto de 1873, pero es hasta 1880 que el presidente Porfirio Díaz crea, provisionalmente, el primer Cuerpo de Bomberos de la Ciudad de México, instalado en las calles de Humboldt y Balderas. En 1922 se expidió el Reglamento del Cuerpo de Bomberos del Distrito Federal, y en 1951, después de su intervención en el incendio de la Ferretería “La Sirena”, se le otorgó por decreto presidencial el carácter de “Heroico Cuerpo de Bomberos”. Por definición, los bomberos o el cuerpo de bomberos es una organización gubernamental que se dedica a prevenir accidentes e incendios. En enero de 1920, el Heroico Cuerpo de Bomberos de la capital mexicana contaba con 130 elementos, los cuales se reclutaban entre personas con aptitudes para el servicio y sobre todo con físico corpulento. Entonces presidente interino, Adolfo de la Huerta visualizó las necesidades de extender la cobertura del servicio y ordenó la construcción de nuevos puntos de apoyo en diversos lugares de la hoy segunda metrópoli más poblada del orbe. Considerado uno de los más peligrosos, gracias a la abnegación de las personas con este oficio se puede salvaguardar la vida y el patrimonio de los ciudadanos en casos de incendios, inundaciones, deslaves, otros siniestros naturales así como en accidentes aunque pongan en riesgo sus vidas… ME LEEN EL DOMINGO.

Atril
José Manuel Pérez Durán
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