Como las cuentas no cuadran, por eso la sospecha del fiscal anticorrupción Juan Salazar Núñez, de que Alejandro Vera Jiménez y su esposa María Elena Ávila Guerrero se hayan enriquecido de manera ilícita y “lavado dinero”. Respectivamente rector y directora de Planeación Institucional de la Universidad Autónoma de Morelos (UAEM), en cuatro años ganaron salarios por 9 millones 360 mil pesos, pero compraron tres casas por 10 millones 975 mil pesos. Si Pitágoras no decía mentiras, la diferencia es de un millón 615 mil pesos, que, ¿de dónde salieron? ¿De la venta de dos casas, citado este dato por el propio Fiscal, o de “moches” por obras en recintos universitarios? Esto último, debido a la “casualidad” o “coincidencia” de que una de las propiedades le fue vendida a Vera en tres millones 700 mil pesos por Juan Armando Vettoretti Martínez, un herrero que de acuerdo a la investigación de la Fiscalía Anticorrupción recibió contratos directos y no de la UAEM por casi 70 millones de pesos. Dirían en el argot delincuencial: al rector y a su cónyuge se la “cuadraron”, al menos hasta que reaparezcan, expliquen y comprueben el origen lícito del dinero con el que adquirieron los tres inmuebles en Cuautla, Emiliano Zapata y Cuernavaca. Basadas las aseveraciones del fiscal Salazar Núñez en informaciones de la Comisión Nacional Bancaria, que “reflejan depósitos y transferencias ajenos a los de la UAEM por concepto de su sueldo”, advierte que esto podría derivar en el delito de lavado de dinero. Lo que sí, que históricamente rector alguno de la UAEM había estado en los zapatos de Vera. A ninguno una autoridad penal le cateó la casa, como sucedió la madrugada del sábado en la residencia de Paraíso Country Club del municipio de Emiliano Zapata, una zona exclusiva para personas acaudaladas y, fugado porque posiblemente alguien le dio el “pitazo” de que la policía iba a detenerlo, tampoco a nadie de sus antecesores le giraron orden de aprehensión. Acabado moralmente Vera, pues ha llenado de vergüenza a la UAM, en una actitud de decencia habría renunciado al cargo de Rector inmediatamente después del cateo, para defenderse en libertad, amparado o no; hablar, gritar, exponer argumentos, decir verdades y mentiras, pero sobre todo probar que fueron bien habidos y no producto de actos corruptos los recursos con los que él y su mujer se hicieron de tantas propiedades en tan poco tiempo. Para bien de la máxima casa de estudios de Morelos, quizá la salida sea adelantar la elección del sucesor de Vera, o que el Consejo Universitario nombre a un rector interino de entre la terna de aspirantes conformada por Lorena Noyola Piña, Iván Martínez Duncker y Gustavo Urquiza Beltrán, de manera respectiva, directora de la Facultad de Diseño, director del Centro de Investigación en Dinámica Celular y secretario académico. ¿Se puede? En otra entrega el columnista pergeñó esta reflexión: Como ciudadano Alejandro Vera Jiménez puede decir lo que le plazca; la libertad de hablar no tiene más límite que la decencia. El cargo de rector de la UAEM no lo amordaza, pero el respeto a la institución que representa debería merecerle más respeto. Tiene sus razones o dice tenerlas, y puede que sean las mismas de una parte o de toda la Universidad. ¿Pero dónde queda la personalidad del rector serio, culto, austero, honrado a carta cabal como lo fue, por ejemplo, el licenciado Carlos Celis, sin duda y hasta hoy el mejor recordado? La imagen que en agosto de 2016 circuló en redes sociales fue patética, la del rector Vera brincándose la valla metálica en el costado norte del Palacio de Gobierno, caminando frenético, gritando desaforado: “¡tomemos el palacio!”. En esos momentos, ¿quién se sintió? ¿Zapata, Morelos? Habría que preguntarles a los ex rectores si la conducta del actual les da pena ajena. Cuando la masacre del 2 de octubre de 1968 en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco el entonces rector de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM), Teodoro Lavín González, encabezó una manifestación de estudiantes, solidario con las familias de los muchachos que cayeron bajo las balas asesinas, acompañando a los universitarios de Morelos que sintieron como en carne propia la represión del régimen represivo. Lo hizo indignado por el asesinato masivo que ordenó, o al menos consintió, el presidente Gustavo Díaz Ordaz. Pero su conducta guardó la seriedad que conlleva la representatividad de la comunidad universitaria; el licenciado Lavín solamente cumplió su papel de Rector, no se sintió caudillo, no se sintió un “iluminado”… ME LEEN MAÑANA.

Por:  José Manuel Pérez Durán /  [email protected]