De las historias de Morelos poco conocidas por las nuevas generaciones de cuernavacences, la de la casa de la multimillonaria Barbara Woolworth Hutton, en el pueblo de Parres (Jiutepec). Su edificación, que tardó unos seis años, pronto cumplirá seis décadas de haber sido terminada. Convertida años más tarde en el Hotel Real Sumiya, la mansión de la Hutton es única en este lado del planeta, de estilo japonés, mandada construir para que en ella reinara el significado de la palabrea “sumiya”: la paz, la tranquilidad, la creatividad y la salud que la neoyorquina excéntrica nunca alcanzó. Arruinada, enferma y recluida en su habitación de un hotel de Los Ángeles, abandonada por todos aquellos amigos de horas felices, murió el 11 de mayo de 1979, a los 66 años de edad, en la más absoluta desidia, acechada por cuervos y carroñeros. Su única alegría la tuvo con el actor Cary Grant quien, preocupado por su situación, estuvo con ella hasta el final en un intento por reconfortarla. Cary Grant fue el único ex marido de la Hutton que no reclamó parte del poco dinero que legaba. Los demás se enzarzaron en pleitos judiciales para hacerse con un “miserable” puñado de dólares y parte de las joyas que aún conservaba en su caja fuerte. Personaje de leyenda, la Hutton se casó siete veces, tuvo casas donde quiso, lo mismo en Tánger que en Inglaterra (su mansión de Hyde Park, Winfield House, se convertiría en la sede de la embajada estadounidense en Londres). En 1946 compró un extraordinario palacete en la casbah de Tánger… Cosas como de fantasía que acabarían entrelazadas con la realidad. La vida en Cuernavaca era y es tan o más cara que en ciudades consideradas, precisamente, de vida cara. Tijuana o Cancún, donde el ingreso de los trabajadores es mayor que los de aquí. Desde muchos años atrás en la otrora Ciudad de la Eterna Primavera los precios de servicios y productos han rayado en el abuso. Se siente apenas pisa uno el ex De Efe o Puebla, para no ir más lejos, y se sorprenden los morelenses que por primera vez visitan Guadalajara, Monterrey o El Bajío. En cuestión de precios Zacatecas es una delicia (40 o hasta 50% menores las tarifas hoteleras y restauranteras), y asimismo más bajas que acá en destinos turísticos del Pacífico (Acapulco o Puerto Escondido), del Caribe (Playa del Carmen) y Progreso, donde el mar esmeralda adquiere un tono apistachado. Aquí el abuso se volvió costumbre; el clima semicálido, la abundancia de árboles y flores, la tranquilidad y la cercanía con la Ciudad de México atrajeron a capitalinos adinerados y extranjeros multimillonarios. La construcción de la carretera federal, en los treinta, y veinte años después la apertura de la autopista Miguel Alemán, encarecieron la tierra. Vendida por ejidatarios (o despojada, como fueron otros muchos  y el caso de Tabachines) brotaron como hongos las quintas finsemaneras, entonces de mil metros para arriba. La fama mundial de nuestras bellezas naturales levantó residencias fastuosas: Lázaro Cárdenas tuvo la suya en Palmira, Manuel Ávila Camacho se agenció varios cientos de miles de metros arriba a la derecha, y en la avenida cercana subsiste la casota de Luis Echeverría. A fines de los cincuenta, Barbara Hutton, la heredera de las tiendas Woolworth, se mandó hacer en Parres la mansión estilo japonés que acabaría convertida en hotel. Pero si los forasteros traían dinero, la vida se hizo cada vez más cara para los lugareños: los restauranteros y los vendedores de inmuebles agarraron parejo, el comercio del centro vio a todos con ojos de billete y la cultura del abuso acabó sentando sus reales. Ausente la autoridad en cosas de precios, los prestadores de servicios y vendedores de productos acabaron por ganarse la animadversión de la sociedad. Por eso a la gente hasta le da gusto que los metan en cintura, aunque ello ocurra muy de cuando en cuando. ¿Podría ser más seguido que la Procuraduría Federal del Consumidor sancionara negocios del sector turístico (hoteles, moteles y restaurantes) por no exhibir tarifas y cartas de precios? ¿Y qué de las gasolinerías? ¿Dan el peso exacto los tanques de gas lp? Si la protección del consumidor fuera de a de veras, la Profeco sería una especie de Robin Hodd moderno, defendiendo a los pobres de los abusos, consiguiendo rebajas en los recibos inflados de la Comisión Federal de Electricidad y el Sistema de Agua Potable de Cuernavaca. Pero no, ausentes ahora mismo por parte de los candidatos a gobernador, diputados y presidentes municipales las palabras y los hechos contra la injusticia y la defensa de los débiles… (Me leen después).

Por: José Manuel Pérez Durán

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