Lunes en la zona cañera de Jojutla. Recién anocheció y el fresco de las primeras horas de la oscuridad antecede al frío casi invernal que en esas latitudes semi tropicales del estado comienza a pegar fuerte en las madrugadas. Dos hombres caminan de regreso a sus casas cuando son interceptados por un grupo de delincuentes y llevados con rumbo desconocido. Los vehículos de la maña se vuelven invisibles en la oscuridad, pero si alguien los ve seguirá su camino, tal vez telefonee a emergencias y una vez en casa comentará que involuntariamente atestiguó un “levantón”… Mientras tanto, al sur de Cuernavaca patrulleros de la Policía Estatal le echan el guante a cinco jóvenes. Dirán sus edades a regañadientes: 18 el menor y 20 el mayor. No venían de muy lejos, de dos o tres cuadras calle abajo donde acababan de asaltar una tienda, cargando con varios paquetes de cerveza para la fiesta que no se imaginaron “celebrarían” en la cárcel… La tarde del día anterior, cuatro sujetos les quitan el dinero a los despachadores de una gasolinería en la autopista México-Acapulco, a la altura de la colonia del nombre peculiar: “Carros Chocados”. Se llevan 8 mil pesos y huyen en un taxi. Alertado el mando único policial, al poco rato el vehículo es ubicado en una callejuela, afuera de uno de los hoteles de paso que bordean la colonia Antonio Barona colindante al libramiento de la autopista. Buscados en las cercanías, el cuarteto de delincuentes es finalmente apresado… Horas después del “levantón” en las proximidades de Jojutla, policías estatales que “peinan” la zona se desplazan por una terracería hasta Cuauchichinola, en el municipio de Mazatepec, famosa en épocas lejanas esa comunidad rural por sus dos ojos de agua a donde los fines de semana llegaban cientos de bañistas de Cuernavaca y el De Efe, hasta que uno de los manantiales fue desviado por el sismo de septiembre de 1985 y la poza se secó. Los policías topan con una camioneta, a bordo de la cual está un individuo que resulta ser uno de los secuestradores de los hombres de Jojutla.
Delata la ubicación de la casa de seguridad, no lejos de ahí, en la falda de un cerro, a la que los uniformados irrumpen violentos. Dadas las circunstancias no pueden andarse con miramientos. Sorprenden a los cómplices del delator y encuentran a los plagiados. Se hallan inermes, vendados del rostro y atados de pies y manos. Uno es un ex funcionario de un Ayuntamiento de la zona sur y el otro su asistente. Nunca en sus vidas se alegraron tanto por ver a la policía, rescatados sanos y salvos, y asegurados tres plagiadores así como la metralleta que traían. Pero los policías aún no terminan, deben hacer el papeleo de la puesta a disposición de los detenidos ante el Ministerio Público, el reporte interno al mando de la corporación y volver a patrullar calles, caminos y carreteras. Lo mismo harán los uniformados que arrestaron a los asaltantes de la tienda de conveniencia cerca de la glorieta del Niño Artillero, e igualmente los que aprehendieron a los asaltantes de la gasolinería en el Paso Exprés… Pasa que el hampa no descansa ni de día ni de noche. Seguramente en estos momentos algún delincuente estará haciendo de las suyas, metiéndose a una casa para robar aparatos electrónicos, joyas y dinero en efectivo, dejando un coche sobre tabiques para llevarse los rines y las llantas que venden a compradores “de chueco”, robándole la camioneta a una señora con violencia, asaltando a algún transeúnte lo mismo en sitio solitario que en lugar densamente transitado, “ajustando cuentas” bandas de malhechores, extorsionando a comerciantes y empresarios, planeando o ejecutando secuestros. Al ser tantos los criminales que andan sueltos, parece que nunca se van a acabar, de modo que la gente de bien tiene la impresión de que por cada uno que agarra la policía surgen dos, que por la descomposición social se reproducen aritméticamente y que así pues nomás no se puede. Mal de dos décadas ya, se hace de cuenta que los malos están en todas partes. Pero si los villanos son menos que los buenos, esto debería terminar, recuperada la seguridad así sea poco a poco hasta que un día México y Morelos vuelvan a ser como fueron hace veinte años. Por eso las fuerzas del orden no descansan, no pueden, no deben. ¿Se imagina el lector un mundo sin policías?… ME LEEN MAÑANA.

Por: José Manuel Pérez Durán /  [email protected]

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