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Trampa letal, el tramo Zempoala de la carretera federal Cuernavaca-Toluca es uno que al cabo de los años ha cobrado cientos de vidas, asesinadas la mayoría y comparativamente accidentadas las menos. Sin embargo su permanencia no se explica sin la omisión de la autoridad. Las bandas de salteadores de caminos que ahí operan son de tercera generación; impunes los más y apresados de vez en cuando los menos roban, matan, vejan, asustan. Cueva de lobos apenas se oculta el sol, sinuosa la carretera bordeada por el bosque espeso, en el atajo a la capital mexiquense transitan transportes de carga, de pasajeros y automotores particulares. Evitando la ida a la Ciudad de México, muchos ahorran tiempo pero ponen en riesgo real sus vidas. Lo saben los de Cuernavaca, la gente de bien de Huitzilac y Tres Marías tampoco se atreve a cruzarlo de noche y a quienes lo ignoran o conscientemente deciden retar a la suerte la osadía suele costarles la existencia. Listos los depredadores para caer sobre su presa, están agazapados en medio de la oscuridad y la soledad de la selva. Se desplazan armados, ponen piedras o troncos en la carretera, emboscan a hombres y mujeres, les roban cuanto de valor llevan y muy seguido matan. En Huitzilac los conocen pero no lo dicen, y regularmente los policías brillan por su ausencia, ocupados los de la Federal de Caminos extorsionando a camioneros y conductores de vehículos privados en el crucero de Tres Marías, ausentes los gendarmes de la Comisión Estatal de Seguridad Pública e insuficiente el número de elementos del mando único de la cabecera municipal. Cuando llegan al escenario del atraco es demasiado tarde, los malhechores han desaparecido y, si vivas salieron, las víctimas pasan por el otro calvario de la declaración ministerial, el reporte de los celulares robados, la frustración de que no recuperarán los objetos y el dinero perdido y el coraje de que los asaltantes rara vez serán encarcelados. Si el bosque y las lagunas hablar pudieran, contarían historias espantosas. De terror fue la noche del domingo pasado para tres mujeres, madre e hijas, atacadas sexualmente por un grupo de dementes encapuchados en las cercanías de la laguna de Zempoala, heridas a balazos, una de ellas muerta y el novio de ésta desaparecido cuando iban de regreso a su pueblo del estado de México luego de disfrutar una fiesta familiar en Cuernavaca. Recurrentes los hechos sangrientos, justo hace cinco años en julio de 2011 en el tramo siniestro es asesinado por sujetos desalmados el comunicador y catedrático de la Universidad Iberoamérica de la Ciudad de México, José Manuel Vargas Reynoso, y lesionada su acompañante Daniela Huda Tahrumi Navarro. Hace cuatro, una madrugada de enero de 2012 un cuarteto de trabajadores de Nissan Mexicana sale de Toluca hacia la planta de Civac pero es interceptado por una camioneta cuyos ocupantes los mantienen secuestrados durante catorce días. Historias que no es igual imaginarlas que atestiguarlas, y peor aún, protagonizarlas; que si hablar pudieran los árboles, las cañadas y la maleza gritarían que el único antídoto para que no sigan repitiéndose es la prevención del delito, permanente, ininterrumpida, llueva y truene, de día y de noche, patrullando ida y vuelta las corporaciones policíacas estatales y federales encargadas de la prevención y haciendo trabajo de inteligencia la Policía de Investigación Criminal de la Fiscalía Estatal hasta lograr abatir a la totalidad de los malhechores. Provenientes de pueblos mexiquenses que colindan con suelo morelense, familias de “barbacolleros” que los fines de semana vienen a Cuernavaca para vender, esos sí pueden hablar. Dos de cada tres coinciden: “A nosotros ya nos tocó”. De vuelta a sus comunidades, llevan el efectivo de la venta, los salteadores lo saben y los dueños de los puestos de barbacoa pagan la cuota de la impunidad. Ejecutada la mañana del lunes por presuntos asaltantes abajo del puente de la Plaza Galerías, la noticia del ataque a balazos a la chef Elvira Santillana Guerra y su pareja Arturo Colín de Gante corrió vertiginosa en las redes sociales, generó indignación en la sociedad, natural, entendible. Era una empresaria muy conocida en Cuernavaca, mas no así las víctimas de la noche del domingo en Zempoala, las recientes pero tristemente no las últimas que no pertenecen a la clase empresarial. Las redes no se ocuparon de este caso o se ocuparon muy poco, y a propósito del mismo el fiscal Javier Pérez Durón no dio rueda de prensa… ME LEEN MAÑANA.

Atril
José Manuel Pérez Durán
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