Nunca como ahora había habido “muchos candidatos” (a la Presidencia de la República), considera Carlos Slim Helú. El dueño de Teléfonos de México no pronuncia la palabra “aspirantes”, sólo dice “candidatos”. Evade así darme las opiniones que le pido, de Andrés Manuel López Obrador y de Enrique Peña Nieto
El encuentro del periodista con el dueño de Teléfonos de México es absolutamente casual, la tarde noche del viernes en el Club de Golf Cuernavaca, que también le pertenece. Lo acompañan dos señores, uno de los cuales es aparentemente estadounidense, no habla español y el otro, un médico, debe traducirle algunas partes de la conversación. Slim ha estado un rato largo con sus amigos, sentados a una de las mesas de la terraza que ve de frente al “green”, a unos veinte metros del estanque pequeño donde hace unos minutos se deslizaba un grupo de gansos que en sus salidas a tierra firme conviven con pavorreales, ardillas y urracas. Abierto el 23 de marzo de 1934, es uno de los sitios más emblemático de la vieja Cuernavaca. Socios y no socios han escuchado la historia del club. Inaugurado por el general Plutarco Elías Calles, fue el primero en Morelos, y entre las muchas personalidades que a lo largo de los años ahí jugaron o simplemente lo visitaron se cuentan la actriz Elizabeth Taylor, el escritor Luis Spota, el cantante Pedro Vargas y el Shah de Irán, Mohamed Reza Pahlevi, quien en 1979 vivió una temporada en Cuernavaca.
A esa hora ya no hay jugadores, sólo un cuarteto de clientes habituales enfrascados en una partida de dominó que se ha prolongado desde la hora de la comida hasta el pardear de la tarde. Entre éstos el columnista, que deja la mesa de fichas y café para abordar al magnate mexicano. Intento hacerlo “entrar en confianza”, comentándole que conserve exactamente como se halla este espacio, verde, exuberante, bordeado por árboles añosos. Un pulmón de Cuernavaca. Enseguida le digo a manera de “advertencia”
–Soy periodista. ¿Le puedo hacer un par de preguntas?
No contesta ni sí ni no. Pero eso de la “confianza” sale sobrando. Slim, quien es uno de los hombres más ricos del mundo, me resulta sorprendentemente sencillo. Informal, viste camisa azul de manga corta a cuadros, y sus amigos tipo guayaberas. Le pregunto lo primero que se me ocurre, a bote pronto, sin grabadora de por medio, libreta ni pluma.
Menciona entonces del “libro de López Obrador” (¿refiriéndose al titulado “La Salida. Decadencia y Renacimiento de México 2018” que el presidente del partido Movimiento Regeneración Moral –Morena– publicó recientemente y ahora promueve en sus recorridos constantes por el país?).    
–Es como un plan de gobierno –intervengo, y él se limita a asentir con la cabeza.
Slim salta de un tema a otro. Habituado a lidiar con reporteros, no suelta prenda; es un hueso duro de roer, en lugar de responder hace preguntas:
 –¿Ya leíste el libro de (Donald) Trump?
No da tiempo de que le responda lo que pienso: que cuál libro si se dice que el repudiado por los mexicanos nuevo presidente de Estados Unidos ha escrito al menos cinco. A cambio, insinúa que leyendo ese libro se sabe cómo piensa y actúa Trump. Cortante, exclama aunque sin levantar la voz:
–Hay que defender a los migrantes mexicanos (que están en EUA).
La plática dura unos treinta minutos. A ratos el dueño del Grupo Carso advierte que estamos hablando “off the récord”. Pero en apariencia bromea; seguramente sabe que los periodistas preguntamos para publicar, no para callar, y que este es el caso.
Sin que venga a cuento, Slim me pregunta que “cómo está Tehuixtla”. Le aclaro que hace muchos años no voy, pero que es probable que la inseguridad ahuyentó a los bañistas.
Se refiere al balneario La Fundición. Cuenta que cuando era niño lo llevaba su papá (Julián Slim Haddad), que venían de la Ciudad de México y había “dos puentes colgantes”. Le digo que La Fundición está venida a menos, que el puente de hamaca estaba sobre el río y era de tablas, pero repone:
–No, era de fierro (el barandal).
Entusiasmado, habla del borbollón, y cuando uno de sus amigos pregunta si el puente estaba alto sólo dice “sí”. Está evocando las excursiones familiares a La Fundición y, tomando en cuenta que él nació en 1940, deduzco que eso debió suceder por allá de los años cincuenta.  
Se nota que extraña la antigua Cuernavaca. Inquiere:
–¿Se acuerda de los refrescos “Jarritos”?
Le pido que precise si la embotelladora o planta distribuidora se ubicaba en El Polvorín. No escucha o finge no escuchar. Jarritos era de su padre.
–Después le pusieron “Barrilitos” –lamenta poco antes de retirarse con sus dos amigos… ME LEEN MAÑANA.

Por: José Manuel Pérez Durán / [email protected]

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