Entre las reacciones al asesinato del joven Juan Manuel García Bejarano, hijo del organizador de la Feria de Cuernavaca, Juan Manuel García Bernal, destacan tres cosas que no han sido enfatizados. La principal, que de lo que menos se ha hablado es de que perdió la vida una persona, un ser humano. Dos: que será la Procuraduría General de la República (PGR) quien deduzca que el hecho está o no vinculado al crimen organizado. Ello si el PGR atrae el caso, propuesto este recurso desde el inicio por la Fiscalía General del Estado. Escenificado la tarde del jueves pasado en la avenida Plan de Ayala durante la cabalgata que promovía la proximidad del arranque de la feria, de inmediato fue visto por el secretario de gobierno, Matías Quiroz Medina, como un evento cuyas “características, el tipo de personaje y la ejecución cómo ésta fue realizada desde luego habla que hay un tipo de organización delictiva que está participando en todo este deterioro y en este hecho que lamentamos mucho”. Tres: principalmente el alcalde Cuauhtémoc Blanco Bravo y el secretario técnico del Ayuntamiento, José Manuel Sanz, pero también la síndica Denisse Arizmendi Villegas y los regidores están obligados a hacer públicas las entretelas de la disputa por la asignación de la feria. Esto porque no de ahora sino desde siempre, el otorgamiento del contrato del festejo suscita la sospecha, política y social, de un negocio millonario, personal, perpetrado en lo oscurito. Y una cuarta, obvia pero a la vez importante: que Cuernavaca y Morelos no merecen una feria ensangrentada pues ahuyenta al turismo, genera una propaganda negra a nuestra entidad por un acontecimiento nefasto, inaudito en el medio siglo de la historia de la feria misma que nació en 1965 con el apoyo del entonces gobernador Emilio Riva Palacio Morales y la iniciativa del presidente municipal Valentín López González. Años después llamada De Cuernavaca, la Feria de la Flor fue ideada para salvar al Jardín Borda de que fuera reducido a la aberrante condición de hotel. En alguna conversación, el desaparecido historiador López González lo contó más o menos así al columnista: un empresario gringo pretendía hacer del Borda una hospedería de lujo; amenazaba salirse con la suya pues para eso le sobraban dinero e influencias políticas, así que para evitar tal atentado “Don Vale” ideó la Feria de la Flor a instalarla en la que fuera residencia de reposo del minero José de la Borda y casa de descanso del emperador Maximiliano de Habsurgo. Pero, tan indiferentes como ajenos a la historia de la ciudad de donde no son, qué saben de la historia de Cuernavaca el tepiteño Cuauhtémoc Blanco y el alcalde de facto, José Manuel Sanz. ¡En manos de quiénes está Cuernavaca!.. Sin embargo, seamos optimistas. Pensemos que como sucede cada año, por estos días miles ya salieron de vacaciones, otros esperaran un poco para poder hacerlo y muchos más se quedarán en casa. Los cuernavacenses que tienen alberca pretextarán “no estamos”. (Dices que sí estás y te cae la marabunta de auto invitados indeseables, dispuestos a saquear los refris y la despensa). Los que no, también procurarán guarecerse ante la invasión chilanga. Para viajar en Semana Santa, solamente estando locos. Salen los obligados a visitar parientes, los ansiosos de áreas verdes que sobreviven en el infierno del hacinamiento de la gran urbe. Los chavitos están de asueto y desde el primer día de la Semana Mayor se ponen casi histéricos: quieren, exigen, necesitan que los lleven a la playa o mínimo al balneario. De éstos tenemos en Morelos para dar y prestar, desde el rústico para los que gustan del turismo ecológico (¿qué tal el agua ligeramente azufrada de Las Huertas, en la ribera del río tibio que surca la exuberancia de la selva medio baja caducifolia del municipio de Tlaquiltenango?), hasta los juegos acuáticos para los masoquistas que disfrutan de la adrenalina, lanzados  desde  lo alto del tobogán largo y sinuoso donde viven la emoción fugaz de sentir que se les botan las canicas de los ojos, en medio del griterío de las muchedumbres de semi encuerados en El Rollo o la ex hacienda de Temixco. Vivencias de esta semana de guardar que pocos guardan, cuando todo se pone más caro y endiabladamente complicado. Gente, mucha gente por doquier, de noche y de día insufribles los “supers” atestados de clientes frenéticos haciendo compras casi de pánico, y repletas las plazas comerciales de mirones, cinéfilos y comensales desesperados como si la comida se fuera a acabar. A poco no... ME LEEN MAÑANA.

Por: José Manuel Pérez Durán /  [email protected]

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