En mayo de 1982, a punto de ser terminado de construir, el gobernador Armando León Bejarano, que ya estaba de salida, lo proyectaba para que fuera el Teatro de la Ciudad que no tenía Cuernavaca. Pero no tuvo tiempo, don Lauro Ortega le cambió la jugada y apenas asumió la gubernatura lo convirtió en la sede del Poder Legislativo que antes había funcionado en el segundo piso del Palacio de Gobierno y años atrás en el Palacio de Cortés. Treinta y cinco años más tarde, el terremoto del 19 de septiembre pasado sellaría la suerte del inicialmente llamado Palacio Legislativo, desapareciendo como tal para que, una vez entregado a la Universidad Autónoma de México, ésta construya un centro cultural. En este sentido es la versión oficial, anunciado un decreto del Congreso Estatal para que sea aprobado en la sesión de mañana. Financiada la construcción de las nuevas instalaciones del Legislativo con un crédito de 372 millones de pesos, el consenso mantiene la opinión de que, además de no ser una obra prioritaria, su ubicación es inadecuada por estar en una zona densamente transitada como es el centro de la colonia El Vergel, a un par de cuadras del mercado Adolfo López Mateos y a tiro de piedra de la avenida Plan de Ayala… DE PRONTO, la llanta derecha del coche choca contra algo que el conductor no logra ver bien pero le parece un pedazo de riel saliendo del piso, brillando en la oscuridad de la noche. ¡Pack! El golpe ha sido brutal, y la duda seguirá pues por seguridad decide que no debe parar. De hecho, pocos automovilistas lo hacen en Cuernavaca. A partir de las diez la mayoría maneja rápido, mirando a los lados, espejeando atrás, alerta ante cualquier sospechoso, pasándose con precaución el rojo de los semáforos. Teme: ¿se rompió la suspensión? Repararla le costará un ojo de la cara, no fue su culpa, pero ya que el Ayuntamiento no le reembolsará el gasto de la compostura él se conformará mentando madres aunque nada ganará. Apenas lo ve, para junto al foco del portón de una casa particular; aprovecha porque en toda la avenida no hay alumbrado público. Checa el neumático, zangoloteo el carro de un lado a otro, se agacha, busca con la lámpara de pilas algo roto pero por fortuna todo parece estar bien. Menos mal. Llega al inicio de la calle donde vive y ahí también el alumbrado artificial brilla por su ausencia. Recuerda: la única luminaria que funcionaba se fundió hace dos años; lo tiene presente porque era época de Posadas y el tamalero se apostaba bajo el claro de luz que reflejaba la lámpara al pie del poste. Así que avanza cuidadoso, mirando por los espejos laterales y el retrovisor, temiendo que le salga un delincuente en taxi o en motocicleta. Sabe que llegado el caso no le quitarían mucho: hace tiempo que casi no carga efectivo, cincuenta o cien pesos en la cartera, un montoncito de monedas en la consola del coche, la tarjeta de débito para la gasolina y algún otro gasto. La inseguridad lo volvió precavido. A la mañana siguiente, le echa otro vistazo al carro; comprueba que no tiene nada que parezca anormal y respira aliviado pensando que “se ahorró” varios miles de pesos por la reparación que no pagará. Conducir a su trabajo le lleva quince minutos, treinta topes y doscientos baches. Lo sabe porque los ha contado más o menos, y aprendido a manejar con un ojo al gato y otro al garabato. Esquiva un hoyanco, pero son tantos que no puede evitar caer en otro. Pasa despacio los topes, pero algunos resultan tan altos que raspan la panza del auto. Cruje la suspensión y él aprieta los dientes. Pero para dentadura la del policía de vialidad que lo ve pasar indiferente. Piensa: “no soy cliente. Sus clientes son los que manejan camiones y camionetas llevando carga”. En ese momento suena el celular, se orilla y sólo entonces contesta. Vaya a ser que el agente de tránsito lo vea contestando mientras conduce y se la aplique. Observa a hombres y mujeres manejando entre baches y topes, sorteando a las personas que cruzan la avenida, imprudentes, distraídas, mirando al infinito, usando para hablar o mensajear los celulares como si nadie hubiera más que ellos, las calles fueran peatonales y no hubiera coches. Mientras el conductor de esta historia pasa el enésimo bache, deduce que por estos días pre electoreros nos salga algún político deschavetado diciendo que ¡Cuernavaca disfruta el mejor servicio de transporte de personas! Porque de que los hay, los hay… (Me leen después).

Por: José Manuel Pérez Durán

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