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Para imaginarse la balacera de Acapulco, la noche del domingo, hay que conocerlo. Empezó en Caleta, atacado por un grupo de mafiosos el hotel Alba donde se hospedan policías federales, la zona tradicional del puerto que comprende las playas Caletilla y Caleta, las más populares entre los acapulqueños; el viejo hotel de este último nombre que fue de los emblemáticos del puerto hasta la década de los sesenta, el hotel Boca Chica ubicado en el borde del canal que lleva el nombre del canal que separa el litoral de la isla La Roqueta , y tierra adentro la plaza de toros y la cancha de jaialai que el tiempo puso en el desuso. Rechazados los pistoleros por los federales y según la versión oficial muerto uno de éstos, la persecución y la balacera corrieron por la avenida costera Miguel Alemán, pasaron por la estatua del gran  Germán Valdez, “Tin Tán”, el cómico que tenía ahí su yate “Tintavento”; cruzaron el malecón, enfrente de la Plaza Juan N. Álvarez y al fondo la Catedral; siguieron en la zona dorada hasta la glorieta de la Diana Cazadora, a la altura de la cuesta del Farallón, y llegaron a las inmediaciones de la colonia La Garita. Todo esto según las notas al respecto que dieron la vuelta al mundo porque famoso es Acapulco debido a dos razones: durante medio siglo fue el principal destino turístico de México y uno de los preferidos del mundo y porque va ya para diez años que se convirtió en una de las ciudades más violentas del planeta. Fue una noche de terror para Acapulco, de las más cruentas que recuerde el millón de personas que lo habitan, pretextado por autoridades locales como el motivo de la balacera la captura del presunto líder del Cartel Independiente de Acapulco, Freddy del Valle Belder, alias “El Burro”, que pocos días antes tuvo lugar  en Los Cabos, a mil 300 kilómetros de distancia de la bahía de Santa Lucía. A Morelos siempre le ha interesado cuanto sucede en Acapulco, bueno o malo y últimamente más malo que bueno. Un gran porcentaje de la población morelense tiene ADN guerrerense, hijos, nietos y bisnietos de hombres y mujeres de Guerrero que emigraron a la tierra de Zapata. Por muchos años practicada por jóvenes de Cuernavaca, la tradición del “acapulcazo” arrancaba la tarde del viernes, inevitable la manejada por la carretera federal pues aún no existía la Autopista del Sol. Cinco o seis horas de viaje, dependiendo de si se conducía una carcacha o un auto que respondiera al acelerón, pasando por Amacuzac, Iguala, el Cañón del Zopilote y Chilpancingo antes de tener a la vista las luces del puerto. Terminaba el domingo, después de la comida, o hasta el lunes muy tempranito para estar a tiempo en el trabajo o la escuela de Cuernavaca. Para las familia también era practicable el “acapulcazo”, felices los niños que se negaban a salirse de la alberca, alojadas en hoteles según el sapo la pedrada de cada quien, los hoteles baratos del área de Caleta o los edificios de diez y más pisos de la zona dorada pues en Acapulco siempre ha habido diversión al alcance de todos los bolsillos, lo mismo para ricos que para pobres. La tradición del viaje finsemanero continuó en los inicios de los noventa que fue construida la autopista, ahora más rápido y cómodo el trayecto de tres horas o dos y media, y sobre todo la seguridad de una estancia tranquila porque la violencia del crimen organizado aún no estaba omnipresente en el puerto mexicano más hermoso del Pacífico… Hasta que a Felipe Calderón se le ocurrió “legitimizarse” como presidente de la República tras el fraude electoral de 2006, declarándole la guerra al narcotráfico hasta hoy fallida. Los mafiosos de la droga empezaron a asentarse en el puerto, Arturo Beltrán Leyva peleó a sangre y fuego la plaza de Acapulco, se la ganó a Joaquín “El Chapo” Guzmán y después se avecindó en Cuernavaca donde sería ultimado en diciembre de 2009. Pero el daño ya estaba hecho, ahuyentado el turismo de Acapulco por los despiadados del crimen organizado, perdidos miles de empleos e incorporados los sin trabajo, por hambre o maldad, a las bandas delincuenciales en un proceso macabro que ni el gobierno de Calderón ni el de Enrique Peña Nieto pudieron aplastar definitivamente. Según estaba Colombia antes y después de que en 1993 fuera abatido el jefe del cártel de Medellín, Pablo Escobar, se temía que México se “colombializara”… y así sucedió. Hoy que Acapulco está como se halla, se teme que Cuernavaca se “acapulquee”.  Sería lo peor que nos podría ocurrir. La autoridad está a tiempo de evitarlo… ME LEEN MAÑANA.

Atril
José Manuel Pérez Durán

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