Flaca porque está mal alimentada, y baja de estatura por genética, a lo más pesa 45 kilos. Semicerrado, su ojo izquierdo corona el tono violáceo de un mazacote de sangre en el pómulo izquierdo cubierto de piel delgada, casi transparente. El puñetazo debió ser brutal. Vestida de harapos, esa tarde aparece como una visión fantasmal en el umbral de la puerta de la oficina del agente del Ministerio Público. El representante de la sociedad, que en esos momentos conversa con los reporteros de “la fuente policíaca”, suspende la charla al reparar en la súbita presencia de la chaparrita. Le ordena al policía de guardia que la haga pasar. Entra, tímida, insegura “¿Qué le pasó?”, le pregunta el fiscal con el tono frío de quien está acostumbrado al infortunio ajeno. Ella balbucea, baja la mirada, le da vergüenza hablar, pero ante la insistencia del funcionario acepta narrar su calvario. Cuenta que un día sí y otro también es maltratada por su marido, que la insulta, la humilla, pero esa mañana se fue a las manos. Parrandeó, pasó la noche fuera de casa y cuando por fin llegó lo hizo exigiéndole que le preparara “sus” chilaquiles y corriera al Oxxo de la esquina por un “six” de cervezas. Está “crudo”, de mal humor y basta con que ella aclare quedito, temiendo otra andanada de insultos que no tiene dinero pues no le dio “el gasto”, para que el barbaján se encolerice y la tunda a puñetazos. Hecho lo cual se echa a dormir. Ronca, apesta a alcohol, a sudor, a perfume barato. La señora lo observa, vacila, pasa horas mirándolo inconsciente antes de decidirse. Cuando por fin lo hace se lava la cara, una vecina le presta para el pasaje de la “ruta” y preguntando es como puede llegar al lugar donde ahora se encuentra, escuchando el dictado del acta ministerial por las lesiones que su esposo le infirió. Furioso, el agente del Emepé urge la presencia de dos elementos de la Policía Ministerial. Grita: ¡”Tráiganme a ese cabrón!”. Transcurren 30 minutos que la víctima pasa aguardando en la pequeña antesala sin acertar a pronunciar palabra, volteando repetidamente a la puerta en espera de su marido que al cabo aparece sujetado de la parte trasera del cinturón por el par de policías. Es un cuarentón con aires de perdonavidas, fornido, tirando a gordo. Cínico, admite que la tundió “por desobediente” y porque “para eso es mi esposa”. Pero cuando la denunciante, que no sabe escribir ni leer y  firma con la enésima cruz la última copia del acta de varias hojas y el funcionario ordena que encierren al golpeador, pide llorando: “No, yo lo único que quiero es que lo regañe, señor licenciado, no que lo meta en la cárcel”. El funcionario se sorprende, intercambia miradas de entendimiento con los reporteros asimismo extrañados y explota: “¡Aquí hay lesiones que tardan más de quince días en sanar y se persiguen de oficio! ¡Enciérrenlo y lleven a la señora con el legista para que la certifique!”...  Al respecto, una de tantas notas: “La violencia de género es una práctica social ampliamente extendida en México, ya que 63 por ciento de mujeres de 15 años y más ha experimentad al menos un acto de este tipo y en la mayoría de los casos el agresor es la pareja de la víctima”. Violencia contra las mujeres, o un tema que los gobiernos del pasado solían esconder. Y que lo ocultan aún, pero no en Morelos, y de ello hay “evidencias” recientes: el nuevo Centro de Justicia ubicado en Yautepec que, inaugurado este viernes por el gobernador Graco Ramírez y el alcalde Agustín Alonso Gutiérrez, es el segundo en ser construido. Atenderá a mujeres adultas y niñas de este municipio, de Cuautla y Ayala que han sido víctimas de violencia, además de otro centro en la zona sur. A diferencia de otras entidades, al declararse aquí la alerta de género se reconoce un problema y se combate. Explica Graco: el objetivo de la declaración de la alerta de género es reducir la brecha de desigualdad que existe en el estado, donde el 44.1 por ciento de las mujeres han sufrido violencia de parte de su pareja, según la encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares… Historias como la aquí contada, que alguna vez presenció el columnista, son comunes y tienen que ver con que el 60 por ciento de las mujeres que son maltratadas, física o sicológicamente, presentan denuncias, pero después se desisten. Lo cual también es cierto, infortunadamente… (Me leen después).

Por: José Manuel Pérez Durán

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