Antes la gente de mecha corta tenía un incidente con el cafre que se le cerraba imprudentemente, discutían, se echaban la culpa uno a otro y de las palabras solían pasar a los hechos. Menudeaban las trompadas y una que otra patada, pero nada de armas punzocortantes y menos armas de fuego. Llegaba el agente de tránsito (“tamarindos”, se les decía por sus uniformes café), y si era pertinente llamaban al perito. Los peleoneros volvían a la discusión, observados por los curiosos que quién sabe de dónde salían pero se juntaban en segundos. El “show” duraba unos cuantos minutos y regularmente los conductores llegaban a un acuerdo. La autoridad era la autoridad, respetada por todos excepto por los influyentes que daban “charolazos” de funcionarios o periodistas, así que el “tamarindo” levantaba infracciones o “se arreglaba” con los rijosos que al final se ponían “la de Puebla”. Y todos contentos. Sucedía igual en las broncas de cantinas, restaurantes, bailes populares, balnearios, aunque cierto es que muy de cuando en cuando había algún herido, y más raramente un muertito que al día siguiente era “la de ocho” en los periódicos. Pasaba lo mismo cuando los chavos de los barrios antagónicos se daban “un trompito”, digamos los de Amatitlán contra los de la Carolina, porque estaba “prohibido” que los muchachos de un barrio tuvieran novia en otro, debido a que las rivalidades eran añejas o porque simplemente “se caían gordos”. Pero las peleas eran a mano limpia y de pocas patadas, a veces llegaba “la perrera” de los policías municipales, se armaba la corretiza y también a veces los peleoneros acababan haciéndose amigos e incluso parientes, casados con la chica del barrio rival o emparentados por relaciones de terceros. Así fue más o menos hasta fines de los ochenta, degradada paulatinamente la convivencia urbana hasta los días de la actualidad al punto que es común que cualquier mozalbete, imitador o aprendiz de sicario, ande armado y la gente de bien vivir no sabe con quién puede topar. Ha sido en esta atmósfera de inseguridad que muchos conductores de vehículos automotores se han vuelto muy precavidos. Ven pasar a un convoy de dos o tres camionetas, los sujetos que van a bordo pueden ser malandros o no, pero por las dudas se hacen a un lado. ¡Vaya a ser que se molesten y saquen los cuernos de chivo! Poca gente discute ya por incidentes de tránsito. Sin embargo, en esta selva de concreto resulta que los policías viales andan desarmados, indefensos en situaciones de peligro como el pobre agente de tránsito que la mañana de este martes fue baleado luego de frustrar un asalto a una tienda en la avenida Plan de Ayala. Lesionado de una pierna y un “rozón” en la cabeza, dos o tres centímetros le significaron la diferencia entre la vida y la muerte. Entonces sus compañeros dejaron momentáneamente sus labores para ir a protestar al Ayuntamiento. Se quejaron de que desde agosto el director general de la Policía Vial y jefe del Mando Único en Cuernavaca, Orlando Guerrero Barona, ordenó que les fueran retiradas las armas de cargo. Y no sólo eso: que no tienen seguro de vida, tampoco les han aumentado el salario ni proporcionado los alimentos que les fueron prometidos con la implementación del mando citado. La balacera de anteayer confirmó a los agentes de tránsito como servidores públicos de tercera clase. Ganan poco, soportan jornadas maratónicas de trabajo, dirigen el tráfico vehicular lo mismo bajo los rayos del sol que atrapados por la lluvia; patrullan la ciudad, gastan en comida, van y vienen todo el día y para colmo en estado de indefensión ante situaciones de peligro real en una ciudad como la nuestra en donde tanto civil anda armado. Si no lo hizo ya, el mandón del mando unificado, Alberto Capella, deberá regresarles las armas de cargo, pero igualmente darles las mismas prestaciones laborales que a los policías preventivos. Y a lo mejor cesar al susodicho Orlando, por inhumano… (Corría la primavera de 1978. Los traían su mamá doña Elena Baz de Bracamontes y su papá don Federico Bracamontes Gálvez a la redacción del Diario de Morelos, una cuadra abajo de la glorieta del Niño Artillero. Federico y Miguel Ángel eran niños. Con el tiempo la estimación llegó al aprecio, pero anteanoche que supe del fallecimiento de doña Elena no encontré en mi memoria flaca palabras para expresar mi sentimiento, sólo estos enunciados de la poesía titulada “A mi madre”: Añoro tu carácter entrañable, tus consejos, tu sonrisa y esa alegría incomparable. Me hace falta tu mirada, eso no lo puedo evitar. En mi corazón estás alojada)… ME LEEN MAÑANA.

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