compartir en:

Posicionada en el equipo de gobierno, y no precisamente merced a sus capacidades profesionales sino por los atributos anatómicos que saltaban a la vista, la señora funcionaria usaba indistintamente cualquiera de las dos camionetas oficiales que tenía a su servicio, idénticas, del mismo color, marca, modelo y tipo. Dejaba la otra a sus escoltas, sin previo aviso, y según la hora y su estado de ánimo ordenaba que la llevaran a su oficina, a su casa o a tomar la copa con sus amigochas. Una tarde reciente de primavera se encontraba en reunión, fresco el clima aunque  la sensación atmosférica aumentaba varios grados a la temperatura. Dos del cuarteo de “guaruras” aprovecharon la ocasión para ir a comer. Tenían la agenda de su jefa y sabían que tardaría un par de horas en salir. Abordaron una de las camionetas y, prepotentes, la dejaron estacionada en la banqueta de la fonda de la cual eran clientes regulares. Media hora más tarde cuando salieron, descubrieron alarmados que les habían robado el radio. No lo podían creer, no habían perdido de vista el vehículo cuyo resto comprobaron intacto. El ladrón había hecho un “trabajo” limpio, pero ellos deberían reponer el artefacto, rápidamente para que su jefa no descubriera que eran un par de inútiles. Sin embargo, no les sería fácil conseguirlo. El radio era original, solamente vendido en la agencia, pero incluso teniendo la suerte de tenerla relativamente cerca a esa hora ya estaba cerrada. De regreso con sus compañeros confesaron su problema: “Si al rato que salga la señora se sube a la camioneta y ve que falta el radio, nos va a correr a todos”. Por fortuna a uno de ellos “se le prendió el foco”. Acordaron que dos esperarían mientras otros dos irían al cuartel donde casualmente tenían un amigo que era comandante del grupo de recuperación de vehículos. Enterado del “incidente”, el mando policíaco se ofreció a ayudarlos. Por otra obra de la casualidad, en ese momento tenía encerrado a un desvalijador de coches que todavía no ponía a disposición del Ministerio Público pues sus agentes lo habían agarrado hacía pocos minutos, para no variar, con las manos en la masa. Cuando lo llevaron a la presencia de los escoltas resultó ser un mozalbete de apenas dieciocho años, y además de cínico, burlón. Haciendo de tripas corazón, el comandante le dijo que le daría “el avión” (la libertad) con  la sola condición de que consiguiera un radio exactamente igual al que le faltaba a la unidad de sus amigos. Contestó que cómo no, que sí, pero siempre y cuando también le dieran “una lana”. Acorralados por la circunstancia, tuvieron que aceptar. Más que pedir, el ratero ordenó que lo llevaran a Vista Hermosa. Usaron el vehículo desvalijado, y a una indicación del mozalbete lo esperaron en el interior de una “chelería”. Alardeó que le bastaría media hora para encontrar una camioneta igualita, abrirla, desmontar el aparato y llevárselos. Pasados treinta minutos, los “guaruras” salieron del establecimiento. Ahí estaba el rufiancete, sentado en la banqueta junto al vehículo que poco antes habían dejado perfectamente cerrado, pero como tenía las manos vacías casi lo agarran a golpes. El policía comisionado como escolta  que se hallaba más enojado le reclamó: “¿A qué hora vas a ir por el radio? ¡Qué se me hace que te doy una ‘calentadita’, y además te llevo con el comandante para que te vuelva a encerrar!”. El ladronzuelo no se inmutó, aclaró que llevaba esperándolos diez minutos. “¡Pero no trajiste el radio!”. Sonrió y afirmó: “Sí lo traje, ya está instalado en la unidad. Yo ya cumplí, ahora cúmplanme ustedes y denme mi lana”. Revisaron el tablero del automotor: el artefacto estaba instalado y funcionando, de modo que le entregaron dos billetes de quinientos pesos que el amante de lo ajeno recibió con aire de arrogancia. Lo observaron alejarse, fantoche, y cuando dobló la esquina alcanzaron a escuchar que silbaba una melodía de moda. Había hecho una labor impecable. Si cualquiera de los “guaruras” pensó en la posibilidad de que era el mismo ladrón que les había robado el radio, se lo callaron. Para qué hablar, ya podían respirar tranquilos, su jefa podría usar cualquiera de los dos vehículos, no se daría cuenta de que les habían robado el aparato y ellos conservarían la chamba… Anécdotas como esta sólo circulan entre policías. No las cuentan a extraños porque admiten: “¡La neta nos da vergüenza quedar en ridículo”.  Pero sí quedan… ME LEEN MAÑANA.

Atril
José Manuel Pérez Durán

[email protected]