Conduzco una noche de estas en sentido norte-sur por la avenida Palmira, superada la tensión de la ronda semanal de dominó y por fin cerca de casa. De pronto, la llanta derecha de mi coche choca contra algo que no logro ver bien pero me parece como un pedazo de riel saliendo del piso. ¡Pack! El golpe ha sido brutal, seco. Pero no puedo parar, nadie lo hace por seguridad. Temo lo peor. Si se quebró la suspensión, repararla me costará un ojo de la cara; no fue mi culpa pero el Ayuntamiento no me reembolsará lo de la compostura. Apenas lo veo, paro enfrente de un foco de la puerta de una casa particular. Aprovecho porque en toda la avenida no hay alumbrado público. Checo la llanta, zangoloteo el carro de un lado a otro, me agacho, busco con la lámpara de pilas algo roto pero por fortuna todo parece estar en orden. Menos mal. Llegando al inicio de la calle donde vivo ya me la sé: ahí también el alumbrado artificial oscurece por su ausencia. Recuerdo: la única luminaria que funcionaba se fundió hace dos años; lo tengo presente porque era época de Posadas y los niños jugaban en el claro de luz que reflejaba el focote blanco al pie del poste. Así que avanzo con precaución, mirando por los espejos laterales y el retrovisor, temiendo que me salga un pandillero en taxi. Sé que llegado el caso no me quitaría mucho. Hace tiempo que casi no cargo efectivo, cincuenta o cien pesos en la cartera, un montoncito de monedas en la consola del coche, la tarjeta de débito para la gasolina y algún otro gasto. La inseguridad nos volvió precavidos. A la mañana siguiente le echo otro vistazo a mi carro; compruebo que no tiene nada que parezca anormal. Hago la primera parada en el crucero de la avenida donde también doy la primera propina al chico de no más de diez años que se trepa en el cofre y le pasa un trapo cochambroso al parabrisas. La escena se repetirá en cada semáforo hasta que llegue a mi reunión. A unos ya los conozco y a otros no. Está el señor de edad avanzada y aspecto andrajoso que implora limosna, la muchacha con el cabello pintado color zanahoria que hace piruetas con los aros, el faquir encuerado del dorso, recostado boca arriba sobre un tendido de vidrios; la niña y el niño de diez o doce que venden flores, y un chamaquito de seis que mete medio cuerpo en el coche, hurgando, pidiendo que le den lo que ve, la pluma inservible, el encendedor desechable, cualquier cosa. Ha pasado media hora y estoy en la entrada del estacionamiento de la plaza comercial donde a menudo concertó citas de trabajo, pero antes de pasar y que el vigilante levante la pluma le doy diez pesos al bolero (“por el trapazo de ayer pero usted no traía cambio”). La tarde no es distinta. Paro en el Oxxo de siempre (“tienda de conveniencia” les dicen para no mencionar marcas), me estaciono, entro, salgo, retomo el volante y reedito la propina al “viene, viene”. El paso por la farmacia del “súper” agota la última moneda de dos pesos que el acomodador del estacionamiento recibe desilusionado, como esperando diez. Mientras conduzco me pregunto: ¿por qué tanta gente pide propina? Pienso en cómo han crecido Cuernavaca y los municipios conurbados a los que alguna vez separaban los sembradíos de caña, maíz y arroz. En que la capital llegaba al Polvorín y al hospital del IMSS de Plan de Ayala, y otro tanto ocurría en Cuautla, que acabaría pegado a la Villa de Ayala, y Jojutla, al que la explosión demográfica adhirió a Tlaquiltenango y Zacatepec. Pero si fue hasta los ochenta cuando el discurso oficial empezó a advertir el desorden del crecimiento de las manchas urbanas, el tema no pasó de planes elaborados por especialistas jamás ejecutados, no obstante que desde entonces pronosticaron la anarquía. Alcaldes coludidos con desarrolladores de unidades habitacionales hicieron un negocio del uso del suelo. Adheridos los municipios tabique con tabique, el desorden borró del mapa miles de hectáreas cultivables que fueron convertidas en colonias populares y, desbocado el negocio de los conjuntos de casas de interés social y medio, alteró para siempre los paisajes de Jiutepec, Yautepec, Temixco, Zapata, Xochitepec. Hoy los desarrolladores de unidades habitacionales nuevamente se frotan las manos ante el negocio que harán: la Cámara Nacional de la Industria de Desarrollo y Promoción de Vivienda construirá 9 mil viviendas para venderlas a damnificados del terremoto del 19 de septiembre. Pienso en el desempleo y la pobreza como las causas de propineros y damnificados… ME LEEN MAÑANA.

Por: José Manuel Pérez Durán / [email protected]