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A los municipios de la zona conurbada los separaban sembradíos de caña, maíz y arroz. Cuernavaca llegaba al Polvorín y al hospital del IMSS de Plan de Ayala. Otro tanto ocurría en Cuautla, que acabaría pegado a la Villa de Ayala, y Jojutla, al que la explosión demográfica adhirió a Tlaquiltenango y Zacatepec. Pero si fue hasta los ochenta cuando el discurso oficial empezó a advertir el desorden del crecimiento de las manchas urbanas, el tema no pasó de planes elaborados por especialistas y jamás ejecutados, no obstante que desde entonces pronosticaron la anarquía. Alcaldes coludidos con desarrolladores de unidades habitacionales hicieron un negocio del uso del suelo. Pegados los municipios tabique con tabique, el desorden borró del mapa miles de hectáreas cultivables que fueron convertidas en colonias populares y, desbocado el negocio de los conjuntos de casas de interés social y medio, cambió los paisajes de Jiutepec, Yautepec, Temixco, Zapata, Xochitepec. Cuando en septiembre de 1988 el huracán Gilberto barrió las playas de Cancún, se internó en el Golfo de México y regresó al litoral para abatirse sobre la Sultana del Norte, pegando con fuerza en el río Guadalupe donde arrasó personas, viviendas, edificios y una que otra instalación deportiva. El río había estado seco por décadas, mientras particulares y dependencias de gobierno construyeron en el lecho y las riberas sin imaginar que estaban haciendo casas de muerte. El cuadro de destrucción duró varios meses, y por las mismas fechas que visité Torreón los lugareños comentaban que el Gilberto también había rebosado el río que los separa de Gómez Palacio, por fortuna sin grandes consecuencias, contada la anécdota de un ocurrente adinerado  que compró una lancha con motor fuera de borda… ¡para que lo vieran navegar por el río que durante lustros no había llegado ni a riachuelo!  ¿Pero eso qué con Morelos?  Cuernavaca y más de una población del interior del Estado están benditas por sus barrancas que drenan el agua de aguaceros torrenciales casi al mismo tiempo que cae. Pero también tenemos zonas de alto riesgo. Son las riberas de los ríos proclives a las inundaciones y las paredes de las barrancas de las que cuelgan materialmente casas de familias pobres que, si arriesgan la vida, es porque no tienen para vivir en otro lado o porque al igual que en Monterrey piensan que jamás las alcanzará la desgracia. Sin embargo, gobiernos municipales van y vienen que optan por la indiferencia y solamente en tiempos de lluvias anuncian medidas de prevención que caen en el olvido apenas cesa de llover. Sucesivas administraciones cargaron una buena parte del fardo de la responsabilidad, por soslayar los asentamientos irregulares en zonas riesgosas y, lo peor, permitiendo en éstas la edificación de conjuntos habitacionales. Es el caso emblemático de las “Casas Feo” de Acolapan, cuya construcción hace años autorizó algún secretario de Desarrollo Urbano y Obras Públicas asociado en el “entre” con el alcalde respectivo, el negocio del uso del suelo y la licencia de construcción. Otras que no tienen explicación son las viviendas del pomposamente llamado Jardines de Xochitepec que algún edil autorizó fueran construidas en el agujero que forman el precipicio de la carretera y el río que cruza el balneario Palo Bolero. Jamás debieron ser edificadas  ahí, se han inundado más de una vez y en épocas de lluvias sus moradores viven con el Jesús en la boca, temiendo que algún cafre pierda el control en las curvas de arriba y “vuele” hasta caer sobre las familias. Endeble la “protección” en el acotamiento de la carretera sinuosa, desde cuándo el gobierno hubiera hecho un muro de contención, alto, fuerte.  Y como éstas muchas más, como la Ciudad Gobierno que en las lomas del poniente de Temixco presumieron la construcción de treinta y hasta cincuenta mil viviendas, habitado luego parcialmente el conjunto de casitas abigarradas a los pies de la colina donde el agua baja a raudales. Obligados los vecinos a rodear por Temixco para poder ir y regresar a sus casas, escuelas y trabajos, el puente que años atrás les prometió la empresa lleva meses en construcción, visible desde la Autopista del Sol el paso de tortuga sobre la barranca, kilómetros abajo del Distribuidor Palmira que a la Secretaría de Comunicaciones y Transportes le llevó tres años terminar, año y medio más del plazo oficialmente establecido para la ampliación del libramiento que se cumplirá en junio próximo sin que tampoco sea concluido. Y luego preguntan por qué se enoja la gente… ME LEEN MAÑANA.

Atril
José Manuel Pérez Durán

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