Primer acto: a las 9.30 de la noche del martes anterior, un sujeto asalta a los pasajeros de un microbús de la Ruta 20 en el puente de Los Coheteros de la colonia Los Presidentes de Temixco. Segundo acto: en el momento en que intenta darse a la fuga, el delincuente es asesinado a balazos por uno de los pasajeros que huye inmediatamente. Sólo dos días antes, la mañana del domingo en el Cañón de Lobos cuatro criminales habían atracado a los hombres y mujeres que viajaban en un autobús de la empresa Estrella Roja. Parecido el modus operandi de los bandidos, la única diferencia fue que el caso del martes recordó al “Justiciero” que el 31 de octubre asesinó a los asaltantes de un autobús en la zona de La Marquesa, en el estado de México. Las crónicas periodísticas recrearon el hecho inaudito, dieron la vuelta al mundo: Es de madrugada. Cuatro sujetos suben al autobús. Los pasajeros que duermen son despertados por el grito atemorizante de “¡esto es un asalto!”. El que parece ser el jefe de la banda coloca una pistola en la sien del conductor, mientras sus cómplices proceden a quitarles carteras, celulares y otros objetos de valor a los pasajeros. Tres kilómetros más adelante, en un costado de la carretera otro grupo de maleantes espera a sus compinches. A una orden de los asaltantes, el camión aminora la velocidad, y es entonces que un hombre que viajaba en el fondo los acribilla a tiros. No falla, tiene puntería de apache. El cabecilla cae muerto casi instantáneamente. Malheridos, los otros tres bajan del vehículo en tanto el ejecutor camina decidido hacia ellos, y cuando ya están en el exterior los remata uno por uno. Frío, sereno, el pistolero recoge las mochilas donde los asaltantes habían guardado las pertenencias de los pasajeros. Sube nuevamente al autobús, deposita en el piso las mochilas y sólo hasta ese momento rompe el silencio. Les dice antes de perderse en medio de la oscuridad y la espesura del bosque: “Háganme el paro”. Lo que ha pedido es que no lo delaten, que si interrogados son por la autoridad no describan sus rasgos físicos. Y no lo delataron… Frecuentes cada vez más los asaltos al transporte de pasajeros, muy pocos usuarios de las “rutas” han tenido la buena suerte de no ser atracados. Les roban teléfonos celulares, cientos pues los arrebatos son rutinarios a lo largo y lo ancho de Morelos, así que lógicamente hay un mercado negro de estos aparatos, quizá los tianguis de Chamilpa y Xoxocotla. Los despojan del poco efectivo que traen, a los choferes les quitan el dinero de “la cuenta”, bajan de las unidades y huyen. Actúan a todas horas y en cualesquier lugares. Suelen “trabajar” en pareja, son jóvenes, violentos y rápidos; se hacen con botines de unos cuantos pesos y celulares, se reparten el botín que gastan en drogas y a los dos o tres días asaltan otra ruta. A veces son atrapados por los policías del mando único, pero más tardan en salir de la cárcel que en regresar a hacer lo mismo. La impunidad, pues, que genera reincidencia, debida en parte a que las víctimas no presentan denuncias y por eso los delincuentes son liberados, según una declaración a nuestro periódico del coordinador de la Policía Morelos, Francisco Javier Viruete Munguía. Los pasajeros se han vuelto precavidos. Antes de abordar los microbuses o combis se encomiendan a Dios, los hombres ocultan sus teléfonos móviles en los calcetines, las mujeres en los corpiños, se dejan unas monedas en las carteras y bolsos. Ya se la saben; muchos han sido víctimas de más de un asalto en una realidad de vulnerabilidad. Deben transportarse al trabajo, la casa, las escuelas… y protegerse como puedan. De lo que hablamos es de un problema de seguridad pública, por los asaltos a las rutas; porque el 75% de la población morelense es transportada diariamente en las 25 mil unidades que se desplazan en el territorio estatal y de éstas unas 17 mil son de modelos anteriores al 2005 que deberían estar en los “deshuesaderos”. Pero al ser este un fenómeno delincuencial producto del desempleo y la descomposición social que afecta a miles y miles de personas de bajos recursos, nada o muy poco realmente determinante ha hecho la autoridad para combatirlo. Avaros, los concesionarios no quieren gastar instalando cámaras de video en las rutas para inhibir los asaltos e identificar a los facinerosos. Qué diferencia de los ochenta, cuando nació el sistema de transporte colectivo al que los usuarios bautizaron como “rutas” y no había necesidad de “justicieros”… ME LEEN EL DOMINGO.

Por: José Manuel Pérez Durán /  [email protected]

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