Cuernavaca, donde todo puede suceder. A los cuernavacences nos consta. Ejemplos, malos todos: Una ciudad mexicana gobernada por un español, el secretario técnico del Ayuntamiento, José Manuel Sanz, habilitado en estos días como gobernador de la capital morelense so pretexto de que el alcalde Cuauhtémoc Blanco Bravo viajó a Italia para jugar hoy, Día de Raza, un partido de ex futbolistas profesionales en el Estadio Olímpico de Roma… Un presidente municipal, el mismísimo “Cuau”, bajo sospechas de corrupción, confirmado por el fiscal estatal Javier Pérez Durón, que de acuerdo al dictamen pericial es del puño y letra del propio presidente municipal la firma del contrato por medio del cual el Partido Socialdemócrata lo fichó para que fuera su candidato a la  alcaldía… Un funcionario municipal, el regidor Jorge Dada Guerrero, que tilda de “secuestradores” a los burócratas (y periodistas) que “mantienen secuestradas” las calles del centro citadino en donde de lunes a viernes estacionan sus vehículos, así que, autorizada la Comuna por el Congreso del Estado, instalará parquímetros. O sea, habida cuenta la crisis financiera del gobierno de la ciudad lo que trata es sacar dinero de donde sea y a costa de lo que sea… Una Plaza de Armas que es de los cuernavacences y de nadie más, cuya remodelación quedó bonita pero a la cual las carpas del “plantón” del rector de la UAEM, Alejandro Vera Jiménez, le regresaron la imagen de tianguis pueblerino que le daban los tenderetes de los comerciantes semifijos antes de la remodelación… Una agrupación de permisionarios de “rutas”, la autodenominada Federación Auténtica del Transporte, pidiendo no que la Secretaría de Movilidad y Transporte  (SMT) les condone los pagos de refrendos de tarjetones y tarjetas de circulación sino que se los cobre, según clama el dirigente de esta organización, Dagoberto Rivera Jaime, quien opuesto al Morebús la trae contra el titular de la SMT, Jorge Messeguer Guilén, desde que hace buti años éste le ganó una diputación por el PRD… Una obra que avanza a paso de tortuga, la del ensanchamiento del libramiento de la autopista en  donde tiro por viaje ocurren accidentes con muertos y heridos sin que autoridad alguna le finque responsabilidades a la Secretaría de Comunicaciones y Transportes. Y peor aún se pondrá la ciudad, colapsado al tránsito vehicular apenas las constructoras Aldesa y Epccor derriben el puente de Palmira y miles automóviles particulares, “rutas”, taxis y camiones congestionen las calles Ruiz Cortines, Díaz Ordaz, Galeana, Atlacomulco, Rufino Tamayo, vaya, todo Acapantzingo, así como las avenidas Estado de Puebla y Morelos, media ciudad pues, que durante dos o tres meses nada le pedirá al ex Distrito Federal en materia de embotellamientos. El pasmo vehicula nos envolverá del Polvorín al Calvario, Juárez, Humboldt, Leyva, Palmira, Obregón, Cuauhtémoc, Plan de Ayala y las transversales. De por sí complicado, el circuito del marcado Adolfo López Mateos estará hecho un desgarriate y los atajos también se hallarán atascados. A tanta gente varada le tomarán una hora los recorridos que en condiciones normales hace en diez minutos. Arribar directamente al Zócalo por la cuesta del boulevard Juárez será una hazaña, así que los automovilistas girarán a la derecha pero en Las Casas tampoco fluirá el tráfico, atorada la fila larga de vehículos que esperan el “siga” del semáforo, paradas en doble fila las “rutas” levantando pasaje, sudando la gota gorda la agente de vialidad en la esquina de Leyva, frenados carros de modelos recientes y viejos en el semáforo de Humboldt. Pasarán veinte minutos desde la vuelta por Las Casas para rodear y subir por Gutenberg cuando en el cierre de la esquina de Clavijero los automovilistas se encuentren con dos opciones: o desisten de su empeño o estacionan en el edificio Las Plazas, el único lugar al que sospechosamente siempre da acceso un policía de tránsito. El colapso comenzará temprana la mañana con las entradas a las escuelas y trabajos y se prolongará hasta por ahí de las diez de la mañana,  atrapadas docenas de miles de automovilistas y choferes en el embotellamiento colosal, furiosos los pasajeros de las “rutas” que sin previo aviso cambiaron sus derroteros mientras otros ruegan al taxista la dejada que niega pues “ni estando loco entro al centro”. Nada ni nadie salvará a la ciudad de la anarquía. Desesperados ante tanta mala suerte, los cuernavacences exclamaremos: “¡nomás falta que nos mié un perro!”. Que Dios nos agarre confesados… ME LEEN MAÑANA.

Atril
José Manuel Pérez Durán
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